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miércoles, diciembre 30, 2015

Arrecife

Estos días de relax en que aprovecho para ver algo más de cine me topé con 'El Arrecife', buscando entre películas de suspense. Una producción australiana mala malísima. O no. Porque me fastidió la siesta. ¿Cómo definimos la calidad de una película? Si es por su factura, este 'The reef' se llevaría un 2 sobre 10; en cambio consiguió retener mi atención y dejarme pensando el resto del día sobre la naturaleza humana. O animal.

Me explico.

El guión es simple y, para más horror, basado en hechos reales. Dos parejas de jóvenes se embarcan en un velero para visitar un arrecife lejano. El barco se encalla contra una barrera de corales a la vuelta y vuelca. Deciden que no pueden aguantar mucho tiempo sobre la quilla del velero sin que éste se hunda, por lo que se lanzan a nadar hacia lo que consideran que puede ser el itinerario que les llevará a una isla que no se ve en el horizonte.

Tres cuartas partes de la película consisten en acompañar a esa cuadrilla tratando de alcanzar su objetivo en un océano plagado de tiburones.

Es el enfrentamiento en condiciones de indefensión contra una fiera sin más sentimientos que el ansia de matar. No hay negociación posible y apenas planteamiento que no sea nadar en grupo y lo más rápido posible hacia un objetivo incierto.

Quizás el reflejo de situaciones a las que nos enfrentaremos muy a nuestro pesar en el futuro, sin necesidad de océano ni tiburones. Situaciones que vive gente desconocida o no tanto en el momento actual. Nadar rápido sin defensa escapando de su particular tiburón, bizco y dentudo, sin corazón.

domingo, diciembre 27, 2015

Pena

Intento aplicarme una máxima: nunca des por supuesto el estado de ánimo en el otro. Lo hago porque, incluso en quien menos te imaginas, pueden circular las mayores tragedias personales ocultas tras una sonrisa o un semblante neutro. Tragedias que pueden pivotar en torno a complejos físicos, enfermedades reales o ficticias, ansiedades o frustraciones, timideces estrambóticas o miedos irreprimibles.

Cuanto más cerca tuya está el otro más fácil es que las palabras desanuden esos terrores internos que impiden respirar a pleno pulmón. De ahí que uno, pienso, deba estar atento a los signos, sutiles la mayoría de las veces, que denotan que alguien querido, o cercano, se reconcome por dentro.

Eso no me impide, sin embargo, huir de los profesionales de la pena, de aquéllos que no han querido trabajar en su vida su parte sana y llevan todo el día puestas las gafas de ver nubes negras. Los del 'no' por respuesta y la excusa por bandera, que venden su sonrisa a precio de oro sin tú siquiera querer comprarla.

Suelen ser, estos profesionales del drama, los que justifican tu buen humor en malas prácticas, tus ganas de vivir en falta de principios o excesiva ingenuidad, y que se regodean anunciando los males que vendrán en cuando te descuides. Los del 'ya te lo dije', que disfrutan con los batacazos ajenos.

Gente que no se entera de que no son centro del mundo y que pasan por la vida haciendo menos fácil la vida de los demás, vendiendo banderas negras.

miércoles, diciembre 23, 2015

Defectuoso

Es tan desagradable como sano reconocerse defectuoso.  Que te relaten tus puntos flacos mirándote a los ojos es jodido, pero si lo hace quien bien te quiere esa crítica se convierte en una palanca de crecimiento enorme. Aspirar a la perfección es humano, asumir que nunca se consigue también; de ahí que sea importante trabajar tanto el camino para llegar a ella como la asunción de nuestra realidad mundana.

Y en qué consiste ser defectuoso, me planteo. En no alcanzar el equilibrio de lo que uno espera de sí mismo, me respondo.

Si yo admitiera, entonces, que mi grado de perfección va unido a mi objetivo vital, podría concluir que esa idea de excelencia tendría mucho que ver con la legítima aspiración a ser feliz; lo que me plantea un nuevo dilema: quien espera poco de sí mismo tiene cercana la satisfacción personal. La felicidad de los tontos.

Cuanto más queremos crecer, más lejana colocamos la meta. Puede deducirse entonces que cuanto más nos exigimos más infelices nos hacemos o, razonado a la inversa, cuanto menos nos importe el mundo y nuestro papel en él, más fácil será vivir en paz.

Es a estas alturas de mi relato cuando me rebelo, y cuando me digo que la felicidad no está en la meta y en la consecución de los sueños, sino en disfrutar del proceso que supone vivir para tratar de convertirte en esa persona interesante, lúcida, generosa, humilde, leal, brillante y atractiva en que nunca te transformarás.

jueves, diciembre 17, 2015

Terraza

Con la excusa de recoger un certificado que había llegado a mi nombre a casa de mi padre, a pesar de llevar casi veinte años sin vivir allí, me presenté ayer tarde sin avisarlo.

Vi la luz encendida, aparqué y llamé al telefonillo del portal, planteándome, como casi siempre, que tengo que visitarlo más.

Oí el ruido de la persiana levantarse, las puertas de la terraza abrirse y, durante unas décimas eternas de segundo, esperé a que se asomara al balcón para alegrarse con mi inesperada aparición.

-¡Hombre, Borete!

Pensé, como se piensa en esos momentos en que todo se arremolina en tu cerebro, en que no estará lejano el momento en que esa imagen no será posible y recordé, con la fuerza de las imágenes desordenadas que se precipitan en la cabeza, en las miles de veces que lo vi llegar, asomado yo a esa terraza de barandilla de hierro, en los tiempos en que era el hombre fuerte, alegre y cariñoso que cuidaba de sus niños, en los tiempos irrecuperables en que salíamos corriendo al oír el ladrido de los perros para recibirlo cuando venía del trabajo con su maletín de cuero y nos peleábamos por que nos cogiera en brazos. Esa infancia tan feliz en que lo veía quedarse dormido en el sofá viendo el telediario antes de volverse a trabajar, esos tiempos en que le agarraba la mano a mi madre cada noche cada uno en el rincón de su sofá. Y los vendavales de tragedia que nos acecharon cuando la enfermedad se fue llevando a su mujer poco a poco, sin que el profundo amor por su rubia pudiera contener a la muerte de mi madre. Mis años difíciles de universidad en que nos quedamos en esa casa tres hombres solos, a base de croquetas de freidora y latas de cocido madrileño mientras él trataba de recuperar la vitalidad de siempre en su jubilación precipitada buscando el amor en otras mujeres. El abrazo enorme y torpe con que me rodeó cuando una llamada de teléfono confirmó que empezaba a trabajar en Renault. El día en que se asomó a ese balcón para ver a su hijo con su Clío blanco recién estrenado. Sus lágrimas cuando un día le confesé todos mis miedos y él me confirmó su amor incondicional de padre. La mesa de camilla, los perros, sus libros de historia y los apuntes infinitos sobre árboles genealógicos de Reyes de España.

Asomaba un viejo por ese balcón para encontrarse a su hijo por sorpresa y yo, subiendo las escaleras de mis primeros 30 años de vida, tuve que contener mi emoción, porque él me esperaba, delgado y con la respiración forzada, con sus babuchas, en las puertas de mi casa de siempre.

Disfrutar de esas décimas de segundo infantiles esperando que asomara mi padre... Es un regalo más que me ofreció ayer tarde esta extraña vida. Un regalo espléndido, desmesurado, apilable en los pliegues más recónditos de mi memoria futura, al que pienso recurrir cada vez que quiera y con abuso, como una pastilla de amor natural sin contraindicaciones.

lunes, diciembre 14, 2015

Fantasmas

Es ante determinadas circunstancias que tocan lo personal cuando tu relación de afecto con los demás se pone a prueba.

Ahora que tengo muy recientes las presentaciones de mi novela Huyendo de mí por diferentes ciudades españolas, se me viene a la mente el recuerdo de un tipo encantador, madrileño, al que conocí cuando él regentaba un chiringuito en El Palmar. Un día de invierno le comenté que presentaba mi novela Andrea no está loca en el Café Galdós, de Madrid, con idea de que él acudiese si andaba por allí. Hablamos de siete años atrás.

Por teléfono me contestó que por supuesto contase con él, pero no sólo eso, me interrogó acerca del público al que iba dirigida la novela para que él pudiese hacerse una idea de a quién llevarse con él.

Le hablé del carácter intimista de la historia, que transcurría en Nueva York y que su línea argumental tenía mucho que ver con cómo las vivencias que nos marcan en la infancia moldean casi siempre nuestra madurez.

Él no necesitó saber más.

-Te lo puedo llenar de diputados del Congreso, que coge cerca, o con media escuela de teatro. ¿Cuánta gente tienes como tope? ¿Cien? ¿Quinientas?

El acto se desarrolló en un ambiente cálido y relajado, en pleno invierno. Fue Montse quien presentó la novela y allí estuvieron muchos de mis incondicionales, además de tertulianos de una web literaria, mi amigo Isaac vendiendo libros con Jota, Guillaume, recién llegado de París, mi amigo Jose de Ecija y su pandilla madrileña... Nada de diputados ni estudiantes de teatro. Ni quinientos, ni cien, ni diez, ni uno. Mi amigo encantador de los chiringuitos gaditanos tampoco. Ni un mensaje, ni una disculpa, ni un interesarse por cómo fue.

La noche se alargó entre copas hasta casi el amanecer.

No sé por qué esta tarde tranquila me acuerdo de tanta gente sencilla y cercana que me ha acompañado estos días porque me conocen, porque saben de mi amor por la escritura, lo haga mejor o peor, y porque me quieren. Gente, en buena parte, que nunca iría a un evento de este tipo, ni se leería una novela como las que escribo, pero que me demuestra con gestos como el de estar a mi lado que me quieren.

Para todos ellos, mi amor y mi agradecimiento.

jueves, diciembre 03, 2015

Francés

Aunque nos lo proponemos cada vez que nos coge el toro, siempre me veo dándole clases de francés a Iván el día antes de sus exámenes, con toda la materia acumulada y el tiempo en contra.

Va aprobando, pero raspado. Él es práctico. No pone interés en la pronunciación porque el examen es por escrito ni se preocupa por vocabulario nuevo que le voy introduciendo, 'porque eso no cae'.

Con una letra desastrada como la de su madre, da trescientas vueltas al boli, dos vueltas de campana sobre el sofá y le pega tres pellizcos a cada gato antes de escribir la respuesta a cada uno de los ejercicios que le planteo.

Cuando mejor entran los nuevos temas es cuando cogemos corcho, cartulinas y chinchetas, o si llenamos la mesa de objetos 'que sí entran en el examen'. El único inconveniente de cuando estudiamos jugando es que le entra la risa floja ante cada nueva prueba que le planteo.

Cada vez que termina un examen de francés le escribo un wasap para comprobar si hemos aprobado, porque es una cuestión en primera personal del plural, de ego, que mi sobrino no suspenda esa asignatura.

Él, con sus doce años, sólo está atento a buscar un hueco entre los imperativos y los adjetivos demostrativos para enseñarme con cuántos muertos ha acabado la última partida de su X-box o los vídeos chorras de animales salvajes doblados en Youtube. El de la marmota es buenísimo.

Qué edad más cándida, qué difícil ver la grandeza de aprender una lengua tan hermosa con esos años, mientras yo pienso en la de veces que me lo llevaré de viaje por París en cuanto su madre nos lo deje llevárnoslo a disfrutar del placer de conocer otras culturas.

-Pronúnciame bien 'voiture', Iván.

Él me mira con cara de perdonarme la vida y contesta, saturado:

-'Ya le vale a estos franceses'

miércoles, diciembre 02, 2015

Perfección

Uno de los profesores de los que guardo mejor recuerdo se llamaba Antonio Sanz, al que tuve en un período de al menos tres cursos seguidos en los primeros cursos de la EGB. Hombre educado y respetuoso, aparecía tras unos primeros años terribles con maestros de lengua larga y mano suelta a quienes yo veía con temor, a pesar de yo ser un niño tan bueno que no me llevaba una galleta a no ser que fuera por rebote.

Desde esos tiempos de Antonio Sanz, don Antonio, ya tuve clara una decisión en mi vida: no quería ser profesor.

Es algo contradictorio si me analizo como amante de la enseñanza. En un rato voy a casa de mi padre a dar clases de francés a mi sobrino Iván y siempre he disfrutado preparando técnicas o juegos para enseñar en las muchas ocasiones en que me ha tocado dar clases particulares a mi hermano, mis primos, amigos o, ahora, mi sobrino.

Me encanta explicar de forma pausada y estructurada acerca de temas que domino. Tal vez tenga que ver con mi predilección por el entregar frente al recibir, además de admitir lo hermoso de ver los ojos abiertos de alguien de quien has conseguido captar la atención por completo y está entregado a introducir en su mochila conocimientos de por vida.

¿Por qué, entonces, deseché tan de pequeño la enseñanza como profesión?

Recuerdo la maldad, seguro que minoritaria, de los alumnos más conflictivos. Desde la atalaya de mi pupitre escuchaba los comentarios sarcásticos, las preguntas envenenadas y las risas soterradas ante cualquier apuro, desliz o error del profesor de turno.

Me puede la perfección, y a lo largo de mi vida de estudiante conocí pocos profesores 'perfectos'.

Abandoné la idea de ser profesor porque endiosé desde muy pequeño el oficio y su alta responsabilidad. Enseñar implicaba una ejemplaridad tan grande, un dominio de los tiempos, del trato individualizado, de la preparación de temas y traía consigo tanto de ascendencia sobre los alumnos que escrutaban con ojos llenos, que mi imaginación naif de futuro adulto no llegaba a abarcar tanta capacidad en mí para ser perfecto y soportar la presión de serlo y no fallar.

domingo, noviembre 29, 2015

Amar

Soy de los que piensan que produce más felicidad regalar que recibir regalos, que no hay placer como el de entregar y entregarse.

Tengo la fortuna de conocer el amor con mayúsculas, el de sentir que soy deseado, cuidado, admirado, respetado y escuchado, del mismo modo que comparto mi vida con alguien que provoca los mismos efectos en mí.

Sé que amar se debe conjugar en primera persona. No vale amar con idea de recibir nada a cambio, ni puede combinarse con miedo al futuro, a la soledad o a la pérdida de atractivo. No se puede querer con estrategias ni dosificar los afectos si se quiere de verdad. 

Hay sólo un camino, que pasa por estar convencido de la eternidad de la relación a la que uno se entrega. Pensar que cada día es único, que no hay postergaciones posibles para sorprender ni preguntas que guardarse acerca de las inquietudes e ilusiones del ser amado.

El amor es cursi. Sí. 

El amor es de colores pastel y dientes blancos. Es de nubes de algodón y edredones calentitos. Es de cosquillas en el estómago y desayunos compartidos. De caricias por debajo de la mesa y magreos en las siestas. Es de wasaps en reuniones, de caprichos en el súper, de cenas invitadas, de viajes sorpresa, de despertarse en la noche para mirar cómo duerme quien te lo da todo. 

Amar es reírse de la muerte, es acompañarse sin hablar y reñirse los despistes de siempre, es adivinar reacciones, adelantarse a los miedos, anticipar alegrías, compartir amistades.

Amar es darse sin parapetos. 




viernes, noviembre 20, 2015

Umbral

En una mañana bastante movida en la fábrica, hubo un momento en el que me vibró el móvil por un motivo que nada tenía que ver con el trabajo: una aplicación de noticias ofrecía un titular que informaba de un secuestro yihadista de 170 personas.

Abrumado por la noticia hice un aparte en la reunión de grupo que mantenía en una de las líneas de producción para abrir el icono que hacía referencia al secuestro. Cuando la página se desplegó y leí que el ataque terrorista se había producido en Mali mi cuerpo, instintivamente y muy a pesar de mis principios, se relajó.

Es duro asumirlo, pero cuando me llega esta terrible noticia de un país que no sé siquiera si lleva tilde en la 'i' a mí no me bate el corazón de indignación, o de dolor, igual de fuerte, por mucho que me entristezca.

Reconozco que eliminé de entre mis 'amigos' de Facebook, en los días posteriores a la masacre de París, a una chica que despotricaba contra aquéllos que habían superpuesto su foto de perfil con una bandera de Francia. ¿Quién es nadie para decirnos cómo tenemos que empatizar con el sufrimiento de los demás?

Nadie, en su sano juicio, puede alegrarse de los 27 muertos que anuncian a esta hora en el hotel de Bamako; del mismo modo que se entiende que no me puede doler igual la muerte de un compañero de mi fábrica que el de otro que trabaje en mi misma empresa en Corea del Sur.

Tenemos necesidad de colocarnos umbrales altos de dolor para no sucumbir a las miserias de noticias desgarradoras como éstas para no deambular por nuestro día a día con el corazón en un puño y la esperanza por los suelos.

Yo bailé en el Bataclán, y cené por las terrazas de République, y he visto cien películas francesas, y ha paseado enamorado por la orilla del Sena. Nadie me puede decir cuánto he de sentir una masacre u otra. El desprecio es el mismo, pero el umbral del dolor es regulado por nuestros instintos, aquéllos que se nutren de emociones vividas y recuerdos.

lunes, noviembre 16, 2015

Singles

Recuerdo una cena en casa con un grupo reducido de amigos. Una de entre ellos, en los treinta y tantos, mostraba una tranquila desesperanza en encontrar algún hombre que mereciese la pena a esas alturas de la vida en que uno se vuelve más exquisito, maniático y perezoso para compartir ducha y sofá. Hubo quien le respondió, en pareja desde hacía años por entonces, que le resultaba difícil encontrarse con gente sin pareja a una determinada edad. Fue un momento tenso en ese afán mío de unir amigos de vidas separadas que se hablan a corazón abierto sin conocerse.

Esa mujer ya es una feliz madre casada que apenas recordaría esa cena si yo se la trajese a la memoria ni el cabreo que cogió por esa aseveración poco fundamentada de la dificultad de cruzarse, en plena madurez, con gente solitaria (y feliz).

Sí. Afortunadamente esta generación mía está llena de 'singles' que se han permitido elegir una vida fuera de lo supuestamente normal, que han sabido separarse de quien no les hacía felices, que no han querido arrejuntarse con quien no les llenaba. Sí. Desgraciadamente no es fácil encontrar personas que complementen una vida en armonía a ciertas edades.

La maldición está en creerse malditos por no estar con otro, en no entender la posibilidad de ser feliz por uno mismo, en entender que la vida feliz es la que los otros ven como idílica. Es el primer paso para ser un soltero sin remedio que ahuyente a quienes podrían ver en él un compañero de aventuras.
La maldición es no quererse sin condiciones.

Es duro, mucho, dormir sin estar abrazado a quien te quiera. Es duro, mucho más, hacerlo a quien no te provoca emociones, a quien te cierra las puertas a poder encontrar algún día, en cualquier lugar inesperado del mundo real o virtual, a la persona que algún día te hará olvidar que un día creíste que jamás la encontrarías.

martes, noviembre 10, 2015

Menos

Anna Gabriel, de la CUP, hablaba ayer en la tribuna del Parlament catalán de una vida que no merecía la pena ser vivida a no ser que se liberasen del Estado español. Carmen Forcadell azuzaba en los mítines previos a las pasadas elecciones catalanas contra la esclavitud de los últimos siglos.

Yo, que conozco Catalunya desde mi adolescencia, cuando competía cada año en los campeonatos de España de remo en Banyoles, que asistí maravillado por las calles de Barcelona al ambiente único de las olimpiadas, que tuve uno de mis primeros amores en La Molina, un pueblo del Pirineo catalán, no termino de ver esa vida perdida ni esa esclavitud secular.

Pasearse Barcelona no recuerda al Pyongyang vigilado por militares ni a La Habana de prensa única, ni hay prohibiciones al habla en ninguna lengua. Todo lo contrario. Barcelona es una ciudad envidiada por media humanidad. En mis viajes por Japón o Estados Unidos la referencia española es la ciudad condal, y son muchos los que suspiran al oír hablar de ella. Por su colorido, su calidad de vida, la mescolanza de culturas y la apertura de mente.

Hay que dejarse de artificios por parte de los gurús del independentismo  y decir que no se siente afecto por el resto de España, y punto.

España no roba a nadie. España es un país moderno e imperfecto cargado de historia que ha pasado por momentos terribles a lo largo de siglos y que, en estos últimos cuarenta años, ha conocido la mayor época de prosperidad y bienestar, de libertad y respeto a la diferencia, de democracia ajustada a los estándares occidentales, con mucho futuro por recorrer; una España que hemos construido entre todos, incluido el 90 por ciento de catalanes que votó masivamente (no con el 47.8% de sufragios, sino con más del 90) la Constitución actual, garante de nuestros derechos de ciudadanos libres e iguales.

El mayor problema en estos 40 años de democracia, para los que nos sentimos de izquierdas, para los que son conservadores y para los que pasan de la política, se llama Artur Mas. El mayor enemigo de esta España demócrata y esperanzada en superar los nubarrones de una profunda crisis económica y de valores no viene de Corea del Norte ni de Cuba. Es un español egocéntrico, narcisista, mal gobernante, rencoroso, manipulador y soberbio que ha preferido hacer retroceder años a su comunidad autónoma, metiéndola en un guirigay de identidades enfrentadas y banderas colgadas del que no sabe cómo salir,  hablando mal de nuestra democracia en el extranjero de forma sonrojante, incitando a odiar al país del que es ciudadano, al que acusa de ladrón.

¿Se han cometido injusticias con Catalunya? Y tanto que sí. Y con Extremadura, y con las Canarias. ¿Se equivocó el Tribunal Constitucional enmendando un Estatut aprobado por el pueblo? Seguramente sí. Pero este país que se llama España se ha ido gobernando durante décadas de democracia con leyes redactadas en un Parlamento español fuertemente influido por el nacionalismo catalán, partícipe en primera persona de la elaboración de la gran mayoría de grandes leyes que hoy nos rigen, incluida la de la financiación autonómica.

A los andaluces nos llaman mentirosos, vagos y mendicantes desde otros lugares de España, pero yo sé abstraerme de juicios estúpidos y generalistas de minorías amargadas radicales, como el catalán debe entender que los insultos y menosprecios no corresponden con el sentimiento de una España que está muy por encima de esos reduccionismos sin defensa.

Mas y gran parte de la opinión pública catalana (que, a día de hoy, no sabe cómo salir de este entuerto) contaminaron el debate alimentando manifestaciones multitudinarias al grito de ¡nos roban!, despreciando los afectos, la historia secular y el camino recorrido juntos.

Es como si durante años todos los medios españoles calentaran a la ciudadanía explicando con datos retorcidos que la Unión Europea nos maltrata.

A los políticos se les paga para resolver los problemas reales de la sociedad, de personas con carne y hueso. No se les remunera para crear problemas

A Catalunya le roba la cortedad de miras de sus dirigentes y la soberbia de un personaje enfermo de ambición por aparecer en los libros de historia. El presidente de un partido corrupto hasta los tuétanos que desprecia a esta joven democracia de un viejo país que es el suyo. Un país llamado España, terriblemente imperfecto, que le permite gobernar una Catalunya que nunca estuvo tan mal gestionada ni enfrentada a sí misma.
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viernes, noviembre 06, 2015

Perfume

Con ventitantos años me organicé un viaje inolvidable de quince días a Bolivia; una aventura con todos los ingredientes para disfrutarla porque se encuadraba en una posible historia de amor a miles de kilómetros de distancia que se había fraguado durante meses por correspondencia.

Si bien la historia no funcionó como hubiésemos querido, sí quedó una fuerte amistad y unas imágenes imborrables de mi recorrido por los paisajes andinos, agrestes y selváticos, helados y tropicales, coloniales, indígenas, de sonidos castellanos y quechuas, pintorrequeado de iglesias blancas, misiones jesuitas talladas en madera y olores a alpaca, sabores de ceviche, noches de whiscola, falta de oxígeno, mercadillos de chicha, furgonetas con música de Mocedades atravesando la gran Cordillera y caras cuarteadas por el frío mirándome con tanta desconfianza como curiosidad.

Esa Bolivia de entonces, deformada por mis realidades de ahora, es una constante en mis sueños coloridos de las noches que duermo sin despertador, y me permito abrir los ojos y cerrarlos para volver a un país de desniveles inimaginables en nuestro planeta, bajo cielos azules de frío polar, donde las piedras colocadas hace mil años recuerdan al sol por dónde entrar cada invierno.

Allí se mezclan mis mundos actuales con los proyectos de entonces, cuando las puertas de la Vida se abrían inmensas a cualquier posibilidad.

Tan reales son mis visitas a ese país imaginario que esta semana, al terminarme de asear y buscar sin éxito mi tarro de perfume pensé, por largas décimas de segundo, que me lo había olvidado, tan sólo minutos antes, en la habitación boliviana de mis sueños.

domingo, noviembre 01, 2015

Caoba

Era una barbacoa dominguera en la Sierra de Cádiz a la que había sido invitado sin conocer a demasiada gente, pero iba con ganas porque podía deducir, como así fue, que iba a encontrarme con gente interesante.

Nada más servirme la primera cerveza me llevé una sorpresa agradable. La noche antes había ido al cine a ver Grupo 7 en el Cervantes y allí me encontraba con una de sus actrices principales.

-Ayer te vi -me acerqué a ella sin más rodeos.

La chica me sonrió sin saber muy bien por dónde iba yo.

-¿Perdona?

-Fui al cine -le dije en un guiño-. Papel complicado el tuyo.

-Creo que te equivocas -negó, coqueta, con una sonrisa.

Yo sabía, erróneamente, que estaba en lo cierto, por lo que insistí sin titubeos.

Una amiga suya interrumpió para preguntar de qué película hablaba. Ya no tenía escapatoria. El personaje al que yo creía que interpretaba era el de una puta desdentada traficante de droga que no salía muy favorecida físicamente.

-Grupo 7.

-Ah, no. Pues no la he visto. ¿Y cuál se supone que es el papel que yo interpreto?

-La Caoba -musité.

Me bebí de un sorbo lo que quedaba de cerveza y evité, durante el resto de la tarde, cruzarme con ella por no recordarle el nombre de la peli.


jueves, octubre 29, 2015

Fallar

Me digo que soy muy exigente. Y lo soy. Y me disgusta.

Me decía que era exigente con los demás. Y lo era. Y me relajé.

Cada uno que se ponga sus límites para llevar sus coherencias hasta donde quiera, que luche con sus miedos como mejor pueda, que abarque tanto como sus brazos alcancen, estén o no estirados o en tensión. No es justo el juicio hacia formas de entender los compromisos.

Cambié la exigencia hacia los demás por criterios relajados para rodearme de amigos y así pasar de la crítica a la observación, dejando que fluyan las energías de los enganches y desencantos con la naturalidad de las relaciones que no se fuerzan.

Existen, a pesar de todo, situaciones en que no se puede fallar. No vale el estrés, la familia, el trabajo ni las depresiones como excusa cuando una persona que te importa necesita imperativamente de ti.

Hay ceremonias, hospitales, enhorabuenas, tanatorios, lágrimas, cambios, desengaños, declaraciones y vacíos ante los que uno no puede renegar con excusas del día a día. Hay llamadas que son imprescindibles, besos necesarios y silencios cercanos imperativos.

No hay pereza posible cuando el destino abre una de sus puertas a los tuyos entre rosas o nubes, en esos días cumbres en que la vida de los otros, de aquellos otros que queremos que sean nuestros, se decide.

domingo, octubre 25, 2015

Smartphone

Este mediodía de nubosidad variable hemos compartido en familia unas cervezas disfrutando de la gran terraza del Parador de Carmona que te ofrece, desde una altura considerable, una panorámica amplísima de enormes kilómetros de vega fértil.

Ante la insistencia de uso del móvil para hacernos fotos y consultar datos del sitio, y ante la posibilidad de que le regalásemos un smartphone, mi padre, lejos de ser un carca, reivindicó las enciclopedias como base de la información y criticó la tecnología de datos como enemiga del esfuerzo y la memoria.

-A mi edad ya no tengo tiempo de aprender estas cosas.

Entonces quiso derivar hacia un panegírico estadístico que sustentase su teoría de lo poco que le queda por vivir, que rebatimos sus hijos con el placer que supone aprender sin necesidad de resultados e ironizamos sobre nuestra lucha lejana por meterle en el mundo de la tecnología.

-El día que te regalemos el smartphone, te mueres -ironicé yo.

Entiendo ese conflicto interior de las personas de su edad que se quedan con el pie cambiado al ver todo un autobús lleno de gente joven mirando una pantalla de móvil, o ante aplicaciones que envían fotos en directo desde cualquier lugar del mundo, sin olvidarnos de los emails que sustituyen a las cartas, los mapas dinámicos que dirigen tu coche sin memorizar 'por dónde íbamos a esa playa cuando erais pequeños'.

Él asume determinadas ventajas de lo moderno refunfuñando, pero lo hace alertándonos de lo que nos dejamos por el camino, mientras nos explica que las réplicas de las espadas toledanas del parador no tienen que ser muy distantes del 1.300.

Hace diez años, casi a escondidas, hizo un intento en El Corte Inglés. Se acercó a una dependienta de la sección de Informática y le preguntó qué libro podría comprarse para entender un ordenador 'desde que le das al botón de encendido'. Entonces la chica, para situarse, le preguntó si el sistema operativo del ordenador de su hijo era Windows o Macintosh. A lo que mi padre le contestó:

-Señorita, si usted sigue hablándome así, me voy.

miércoles, octubre 21, 2015

Agoreros

Es tal vez pasada la infancia y pubertad cuando comencé a distinguir ya con cierta nitidez a aquellos mayores que sonreían con condescencia ante mis primeros proyectos vitales, los que me decían que era muy enclenque para hacer remo, demasiado pasional para defender mis argumentos o caricaturizaban mi inocencia para creer en el primer amor.

Son personas por lo general inteligentes, de humor sarcástico y mirada oblicua que sermonean con frases cortas el sinsentido de vivir: las amistades te fallarán, el amor no dura, algún día te pegarás el batacazo en el trabajo o mírame a mí, que lo fui todo.

Los más inteligentes enmascaran sus fracasos para consolidar sus argumentos, aunque suelen ser individuos acomplejados por un reconcome interior sazonado de envidia por no saber apreciar sus propias grandezas, y sí la de los otros. Atacan con frases aparentemente certeras que hunden su raíz en una verdad para ellos incuestionable: La vida es una mierda.

El problema de raíz es que su verdad se sustenta en el implacable futuro, que todo lo destroza; en la muerte como única certeza.

Yo, sin embargo, los enfrento negando la mayor: la única verdad es el presente; incluso el futuro existe sólo como artificio del propio presente. El futuro nunca llega porque siempre que se hace realidad es en el momento en que lo vivimos.

Vivir condicionado por las derrotas que vendrán es ser equivocadamente inteligente. La única realidad es el ahora, es este momento en que escribo, o éste en el que tú me lees. Lo demás son conjeturas que no pueden marcar nuestra capacidad para recrearnos, para bien o para mal, en lo que somos.

Tenemos que cuidar de nosotros porque somos únicos y abrir nuestro corazón a los principios de la ética y la bondad porque son la base de futuros presentes armoniosos. Futuros que existirán en presente de la primera persona del singular.

sábado, octubre 17, 2015

Humanidad

Se da por supuesta en todos nosotros esa en teoría inherente cualidad del ser humano, pero no todos podemos distinguirnos por tenerla como estandarte.


Una película reciente de ciencia ficción, género del que me confieso adicto en coherencia con mi espíritu soñador, mostraba a una sociedad futura en la que cada individuo debía elegir al llegar a la mayoría de edad, y de por vida, pertenecer a una de cuatro posibles secciones:la científica, la política, la policial y la humanitaria, creo recordar. A pesar del reduccionismo cinematográfico, sí que es cierto que todos nacemos con tendencia a tomar un rol cara a la sociedad.


Es dentro de ese reparto de funciones sin duda el humanitario el que más admiro, y envidio.


Hace un año mi padre pasó una muy mala racha de salud que afortunadamente ya está lejana. Los cuatro hermanos andábamos asustados viendo la debilidad de un hombre que lo es todo para nosotros.


Fue en ese período cuando mi hermana Mónica tomó el mando. Pasaba las noches sin dormir atenta a cada ataque de tos de mi padre, lo incorporaba cuando se le hacía difícil respirar, le organizaba las pastillas. Le reñía al tiempo que le preguntaba a cada momento cómo se encontraba.


Siempre ha sido así. Pasar por un mal trago, sea o no de salud, es menos malo cuando sabes que tienes a alguien incondicional a tu lado, como Mónica, que te cuida.


No tiene precio tener al lado gente humana sin artificios, que se preocupa por ti sin premisas, enseñándote en cada gesto el sentido real de nuestra existencia, en una lección serena de bondad.

domingo, octubre 11, 2015

Instantes

Hay instantes que borran mil desengaños.
Fue un desgarrador wasap de Montse hace unos meses el que me removió por dentro y en el que me hacía partícipe de un inesperado episodio de salud que le obligaba a introducir una pausa en su intensa y brillante vida laboral para dedicarse a cuidar de sí misma con todo su empuje, que es mucho y bueno.
A esa noticia demoledora siguió una bajada de ella a Sevilla para vernos antes de comenzar el tratamiento. El almuerzo en el Eslava fue una delicia, con la sensibilidad de nuestra amistad a flor de piel.
De Montse guardo escenas imborrables de veinte años atrás, cuando empezamos a trabajar en Renault y nos planteábamos si estábamos hechos para ese trabajo industrial, vestidos de monos azules y portando una caja de herramientas recién salidos de la universidad. Nos tomábamos con humor nuestros desconocimientos e hicimos piña con los compañeros de mantenimiento con los que nos tocó trabajar. Sabíamos que la empresa nos estaba formando, que llegarían tiempos en los que nos sentiríamos más útiles y que, a fin de cuentas, éramos unos afortunados.
Como dos personas que se quieren, fuimos haciendo vida fuera del trabajo, conociendo nuestras familias, los amigos, los amores.
Llegó el día en que su amor tiró de ella hacia Madrid; la vida no tiene puertas. Y con Montse se fueron unas risas contagiosas que aún hay compañeros que recuerdan entre las altas naves de la fábrica.
La distancia nunca fue el olvido para nosotros. Emocionante fue cuando ella me contó con la lágrima saltada en un bar de Atocha que iba a ser madre, o cuando coincidimos un frío invierno en Grazalema para celebrar el fin de año, o aquella tarde en que me presentó mi novela de Andrea en un café madrileño, con su niña correteando entre el público.
Este pasado viernes quise compartir con todos aquéllos que acudieron a la presentación de mi última novela por qué la dedicatoria iba dirigida a ella, pero no me dio tiempo a terminar. Fran me hizo gestos desde el fondo de la sala para que me callase; Montse había cogido un AVE esa misma tarde para entremezclarse entre el público sin que yo me apercibiese. El abrazo que nos dimos entre aplausos me pareció el principio del fin de este episodio amargo que le ha tocado afrontar como lo hacen las personas que aprecian la vida.
Hay instantes que te hacen ver que el mundo podría ser maravilloso.

martes, octubre 06, 2015

Gustos

Me encanta hablar con Iván.

El hecho de haberlo visto crecer desde pequeño sin convivir con él a diario hace que los cortos espacios de distanciamiento me permitan apreciar con más claridad sus cambios, sin perder por ello el roce que me haga perderle la pista de este sobrino único, ¿existe ese término?, al que quiero tanto.

Es precioso ver desde la distancia cercana cómo se va moldeando su carácter, su timidez social al tiempo que su capacidad de integración, tal vez dada por convivir entre adultos; su miedo al riesgo; la influencia que en él ejercen mis hermana; la relación guasona con su abuelo, cuyas crisis de salud ha vivido de cerca; su predisposición a viajar a cualquier lugar que le propongas.

De él presiento un hombre con amistades sólidas, conversaciones largas y un gran sentido de la responsabilidad, que ya empieza a desarrollar con apenas 12 años.

Lo que uno no se plantea, cuando llegan estas reflexiones acerca de una persona tan pequeñilla a la que adoras, es que él también te observa. Que esos años vividos no son unidireccionales y él va formando un retrato de esas personas grandes con las que le ha tocado convivir, sin elección previa.

Hay días en que, sin filtros que limiten su capacidad de análisis, te suelta una fresca que te hace sentir de nuevo un niño. Íbamos en coche los dos, charlando. Le planteé una serie de planes para pasar la tarde y él me iba preguntando. Yo no quería influirle en ningún caso, a lo que él sentenció:

-Si yo ya lo sé: que a ti te gusta todo.

lunes, septiembre 28, 2015

Espejos

Callejeamos por los vericuetos de Venecia una noche fría cuando aún no existía Tryp Advisor, en busca de un restaurante escondido entre vidrieras para una cena romántica rebuscado entre las recomendaciones de nuestra guía de la ciudad. La chimenea daba una calidez de cuento de hadas a la humedad que lo invadía todo y estábamos fáciles para descorchar un vino decente con el que pausar al máximo ese rato de placer.

Ya veníamos extasiados tras visitar la Scuola Grande di San Rocco, en una visita de espejos en mano para apreciar los frescos de Tintoretto sin que las cervicales nos metieran prisa.

Una cena sin móviles hablando de Tintoretto en Venecia suena tan cursi como lo es realmente, pero la cursilería a veces nos hace olvidar las miserias de la rutina venenosa que nos impide disfrutar en grande del anciano y maravilloso mundo que nos rodea.

A nuestro lado había una mesa con un matrimonio de edad mediana, a quienes no prestamos atención hasta que el camarero les preguntó:

-¿Españoles?

Ellos asintieron. Se cogían la mano e imaginé que su cena habría versado sobre cualquier tema cursi como el nuestro.

-¿De dónde vienen? -insistió el camarero.

-De Barcelona -respondieron.

El chaval, enteradillo y provocador, quiso apuntarse un tanto.

-¡Ah, de Barcelona! Entonces no son españoles…

La chica le cortó en seco.

-Sí, somos de Barcelona y españoles.

No me gustan las patrias ni banderas, pero he de confesar que esa respuesta categórica me atraviesa el corazón cuando pienso en tanta inquina acumulada por aquellos que se sienten robados por mí.

El vino entró aún más dulce.

miércoles, septiembre 16, 2015

Seis

Dicen que soy un dormilón, y lo soy, pero las horas a las que uno se levanta a diario y lo mucho que me gusta trasnochar me llevan a buscar, como un perrillo, cualquier cojín para echar una cabezada; sin que ello signifique que no me guste: pocos placeres mayores que el de ir pasando de la consciencia al mundo de los sueños. Si eso es posible vivirlo varias veces al día, ¡fenómeno!


Quien critica a los dormilones suele ser aquél que no sueña o cree no soñar, quien, por tanto, ve en el dormir un tiempo perdido y va por la vida con la mecha encendida.


Con los años, las capacidades adolescentes de sentir chispazos de felicidad ante cada descubrimiento se va aminorando y comienzan a retorcerse los mecanismos para llegar a sentir cosquillas en la cabeza, por eso hay que dejarse llevar por los hábitos simples en los que la vida te mece con dulzura.


Suerte que no me supone gran esfuerzo el despertarme, pasearme la casa a oscuras cada mañana entre zumos, estiramientos, primeras planas de periódicos y el sonido del silencio de la ciudad. Salir al frescor de las calles solitarias disfrutando de un escenario urbano y fantasmal sólo hecho para mí.

lunes, septiembre 07, 2015

Canelones

Me gusta metaforear con las cosas importantes que no termino de entender para, de alguna forma, tener una imagen infantil de cómo se conforma el mundo.

Quizás sea por lo idealizados que tengo los canelones con foie que nos hacía mi madre de pequeños, pero hay una animación visual que se me suele repetir en las tardes de sofá de luces apagadas en que estoy a solas: 'el canelón gigante'.

Como si de un Principito se tratase, navego por el espacio encima de un canelón inmenso de pasta, extendido, sin enrollar, con sus perfiles en forma de diente de sierra y su superficie blanda color marfil. Ése es mi territorio y por él me muevo con soltura. Mi propio canelón. Asomándome a cada esquina y disfrutando del viento interestelar.

En el canelón me posaron al principio de mis tiempos, hasta que la primera decisión vital se presentó y tuve que decidir en qué lado de mi canelón me iba situando. La infancia apenas causó rasguños en mi cuadrilátero. No solía correr peligro. El gran canelón empezó a rajarse en la adolescencia con cada circunstancia que me despertaba al mundo de los mayores y debí hacer por situarme en el lado bueno, aquél en el que queda la mayoría de la pasta fina donde seguir navegando.

Así mi canelón fue haciéndose más pequeño cuando elegí estudiar ingenieros, mi carrera de filología inglesa se desgajaba hacia ninguna parte, o cuando abandoné la práctica del remo, o cuando me peleé con Mariángeles, ya no había posibilidad de una juventud compartida con ella, o cuando entré a trabajar en Renault, o cuando me fui a vivir a París, cuando dije adiós a amores y amistades, cuando acepté la oferta de la primera editorial, cuando me separé de mi pandilla de siempre… Trozos del canelón que se escapan, inhabitados, para siempre.

Yo mantengo mi terreno amplio aún, donde caben mil proyectos y mucho amor, futuros amigos, libros, fiestas y alegrías de otros a quien quiero. Vuelo cómodo por el espacio levantándome de vez en cuando para evitar que desgarros como la muerte de mi madre vuelvan a causarme destrozos incontrolados en mi pequeño planeta canelónico.

Hay cuchillos voladores, sin embargo, que atacan sin piedad tu mundo sin que tus decisiones puedan hacer más que asumir cuál será el lado del canelón en que te tocará caer.

Es duro el día que empiezas a asumir que siempre mengua, tanto como divisar que hay gente querida cuyo canelón apenas le deja espacio para estar de puntillas.

viernes, septiembre 04, 2015

Guay

La iglesia de San Bernardo estaba a rebosar. Hacía tantos años que no iba, desde los tiempos en que vivía mi abuela, que la imaginaba más recogida. Allí estaba ya mi padre, mis hermanas e Iván que, inquieto, me preguntaba en susurros incontenibles cada cinco minutos cuánto faltaba para terminar la misa.

-¿No conociste a mi tía Cuqui?

Iván negó con la cabeza y eso me dio una idea del tiempo pasado sin verla.

-Ella era una tía 'guay' -le expliqué-. ¿Sabes cómo puedes comprobarlo?

Él me miró con la cara con la que miran los chavales que se adentran en terrenos desconocidos, yo observé los grandes ángeles sosteniendo los candelabros y entendí que, a su edad, estos escenarios impresionan; más aún cuando ya no viven en una generación de misa los domingos y fiestas de guardar, sino en una sociedad desacralizada, afortunadamente, que abandonó a la iglesia hace ya muchos años.

El cura habló de mi tía como una mujer de fé, y yo miré a mi hermana Mónica, que me cruzó una mirada de asombro.

Cuqui era una mujer de corazón y uniforme blanco, siempre resuelta entre los pasillos del Virgen del Rocío echando un cable, y una sonrisa de tranquilidad, y caricias, a cualquiera de los que tuvimos que pasar alguna vez por sus habitaciones o quirófanos. Era una mujer curranta y divertida, de la que recuerdo su risa hueca, los enormes vasos de coca-cola y su noviazgo con mi tío Pepe. Cuqui, para mí, era una imagen dulce de mi adolescencia.

-En esta iglesia hay cientos de personas, eso demuestra que muchísima gente la quería. Que era una mujer 'guay'.

-Si se muere un 'esaborío' no viene nadie, ¿verdad? -Confirmó Iván con media sonrisa.

-Muy poca gente.

A poco de jubilarse los dos y sin previo aviso, mi tío Pepe se queda a solas con sus tres hijos veinteañeros y el rictus roto de la incomprensión.

Allí nos abrazamos primos, tíos y amistades de mi época adolescente enfrentando un sinsentido más. Me abracé a sus hijos por la necesidad de hacerlo, de transmitirles mi dolor más sincero y mi solidaridad más pura. Perder a una madre es atravesar un río muy caudaloso que para siempre queda atrás.

-¿Sabes lo que es un pésame? -Le pregunté a Iván.

miércoles, septiembre 02, 2015

Hinchable

Alquilamos una furgoneta para llevar muebles a nuestro piso de Conil tras la pequeña obra que le hicimos este invierno. Al volver a casa para cargar decidimos meterla en la plaza de garaje para no interrumpir el tráfico. Yo fui dirigiendo la entrada por la rampa desde fuera hasta darme cuenta, tarde, de que iba a quedar encajonada.

-¡¡¡Para!!!

La furgo se quedó a medio camino. Pusimos el freno de mano y estudiamos la situación a sabiendas del movimiento continuo que tiene nuestro garaje. No había más remedio que tirar hacia arriba marcha atrás.

Justo cuando arrancaba, yo, desde fuera, veía como se hinchaba, hacía un ruido enorme y volvía a clavarse contra el techo del garaje.

-¡¡¡Para!!!

Aquello olía a humo de neumático y desesperación.

-¡La furgo se hincha!

Fran me miraba como quien mira a un loco.

-¿Cómo que se hincha?

-Que se infla. En cuanto le das hacia atrás la furgo se hincha.

Volvimos a intentarlo porque lo ocurrido no tenía lógica, mientras yo pensaba en la dificultad de meter una grúa en esa ratonera para tirar del muerto hinchable. De nuevo el humo y el ruido.

-¡¡¡Para!!!

Así hasta tres veces. Nos plantamos e intentamos razonar, pero no hay lógica que sirva cuando te atenazan los nervios, de modo que a la cuarta decidimos tirar hacia detrás arrasando con todo. A fin de cuentas la habíamos alquilado con seguro a todo riesgo. El ruido fue de los que se quedan grabados y el techo de la furgoneta se quedó hecho cisco.

Ya con la cerveza en la mano Fran dedujo:

-Creo que el freno de mano tenía más recorrido.

lunes, agosto 31, 2015

48

A escasos cinco minutos de cumplir los 40, haciendo cola para entrar en un chiringuito de verano junto al Guadalquivir, le escribí un mensaje a mi hermana Raquel diciéndole que se me acababan para siempre mis treintaitantos… Ella me respondió de inmediato:

'Los cuarentones somos mucho más interesantes'

Ayer cumplí unos felices cuarenta y ocho, y no vale decirse a uno mismo que se siente muy joven, que no los aparenta, que está en el mejor momento de su vida… porque la cuestión no es decirlo, sino saberlo. Saber que la existencia se disfruta más cuanto más se la conoce, siempre que uno sea coherente con sus principios y éstos sean sanos.

Hace pocos días leí un libro que me gustó mucho, de Milena Busquets, en que trazaba su madurez como una continua morriña por la joven hermosa que fue y los amores que tuvo.

Entiendo que la vida nunca puede ser un regocijo de los recuerdos, aunque estos formen parte sólida de nuestra felicidad de base.

Admiro a Saramago o al recientemente fallecido Oliver Sacks, que en sus últimos días sabían bendecir, desde su agnosticismo, su vida vivida y su presente al borde del precipicio de la muerte. No tenían necesidad de un dios para encontrarle sentido a su caminar.

Cuando uno cumple años, si ha vivido fiel a sí mismo, reconoce en su interior un corazón más duro, sí, pero mucho más sensible a lo que realmente importa.

lunes, agosto 17, 2015

Ritmos

El resto del año idealizo estos días de verano para plantearme aprovecharlos al máximo en esas actividades que me hacen tan feliz y que nada tienen que ver con el quehacer de las semanas iguales que no se suelen distinguir unas de otras en la distancia.

Tiempo para estructurar mi próxima novela, para llenar de contenido mi nueva web, para leer clásicos en francés, organizar mi galería de fotos…

Los ritmos se hacen sumamente lentos sin quererlo ni luchar por acelerarlos. La luz sale mucho antes de despertares perezosos, la lectura del periódico se recrea en los pequeños detalles hasta agotar los colacaos, zumos e infusiones; los paseos románticos se hacen sin reloj y uno cae inevitablemente cuajado al terminar de comer entre risas, con una copita de vino, disfrutando de la luminosidad insolente de agosto; las siestas se alargan hasta que te despierta la brisa del atardecer y remoloneas en la cama entre la montaña de libros de la mesilla pensando qué hermosa es la literatura, aun sin leerla, mientras organizas la escapada de la noche para charlar con los amigos de todo lo que nos depara el futuro, de cómo nos ha tratado la vida y de cuántas cosas haremos cuando el sedicioso verano nos libere de sus garras.

jueves, agosto 13, 2015

Melilla

Cruzábamos desde nuestra casa hasta el centro de Conil hace muchos años, con Mariángeles y su por entonces pareja, Agustín, que se quedaban a pasar unos días con nosotros. Acortamos por la estrecha y destartalada calle Ceuta en esa noche veraniega, buscando la plaza del Arco. Justo al terminar la calle perpendicular que enlazaba con la de Ceuta nos encontramos con un azulejo roto por la mitad que indicaba su nombre, del que sólo podíamos leer '…illa'. Agustín, siempre en su mundo, se preguntó en voz alta cuál sería el nombre completo. Mariángeles se plantó en seco con los brazos en jarra -quien la conoce puede imaginarlo bien- para gritarle:

-¡Melilla, Agus! ¡Melilla! No ves que acabamos de dejar atrás la calle Ceuta.

Días después, volviendo de la playa por un camino distinto al habitual, nos apercibimos del azulejo colocado al otro extremos de la calle ¡Zorrilla! No hicieron falta más que carcajadas.

Algo que me repito cada vez que me aventuro por la calle Ceuta es que no hay que dar nada por supuesto.

domingo, agosto 09, 2015

Bótox

Mis primeras imágenes de Londres son olfativas, el olor a césped, a bosque del aeropuerto de Luton; y el frío al bajar la escalerilla del avión. El viento y la piel clara de la azafata deseándome una feliz estancia.

Allí estaba mi prima Bele para recogerme y llevarme a su casa de doble planta y jardín de un barrio de las afueras. Londres era calles anchas, hileras de adosados victorianos y tiendas de paquistaníes con mucho naranja enredado con el gris del sol inexistente. Londres era juventud, la mía, mezcla de razas, copas en el Soho y alguna que otra droga prohibida en los tejados de la casa de mi prima, enredados en mantas y confidencias duras de asumir. Era discusiones de amor pasional y descubrimiento de la sexualidad, era sentirse hormiga torpe entre multitudes que buscaban cosas que yo no quería.

Era perros corriendo por jardines que no necesitaban árboles; era borrachos peleándose en Leicester Square y pelos teñidos de rosa y violeta; era taxis camuflados de conductores negros y ladrillos rojos helados.

No sé cuántas veces he vuelto desde entonces, no las suficientes como para evitar verme madurar junto con los cambios de esta vieja ciudad irreverente. Sigo viendo los mismos naranjas entre la bruma, y el olor a curry, y los parques interminables de hierba mojada con niños jugando al criquet. La veo retorcerse entre grúas que se mueven en círculos vertiendo hormigón, como una vieja coqueta inyectándose bótox para seguir el ritmo de sus invitados sin que éstos sepan todo de sus cicatrices.

miércoles, agosto 05, 2015

Lejos

Hay personas que me conocen muy bien y me hablan cariñosamente con dureza acerca de mi facilidad para tropezar sucesivamente con mis mismas piedras.

Mariángeles me conoce desde hace tanto que no existen mundos vividos en los que el otro no haya sido confidente. Nos alegramos de nuestras pequeñas victorias y compartimos la tristeza cuando ésta se nos aparece.

Por eso, porque me conoce y me quiere, analizaba conmigo mi nueva decepción, en esta ocasión monstruosa, en el terreno de las amistades inocentemente definidas por mí como importantes a pesar del poco tiempo transcurrido desde que fueron integradas en mi vida.

Soy afortunado de saberme feliz y completo en el terreno amoroso, cuestión mayor en mi estabilidad emocional; sentirse amado y amar a la misma persona desde hace tanto tiempo me da fuerza para ver con ojos desprovistos de ataduras la calidad de mis amistades.

Hay muchas personas a las que quiero, que fueron importantes en mi vida y a las que ya no puedo calificar como amigos. Lo fueron, pero el tiempo de la conexión pasó a ser otra cosa, menos hermosa; ley de vida.

El dolor viene cuando alguien a quien habías abierto tus puertas, que se había integrado en tu vida y de quien tú habías llegado a presumir, se quita de golpe la careta y te muestra toda su fealdad interior.

Mariángeles me consolaba de esa nueva decepción con palabras duras, y justas, mientras yo le confirmaba que no pienso perder mi espíritu abierto y combativo, hasta cierto punto infantil, por integrar gente nueva, sana y luminosa para compartir lo que me queda de vida, mi pasado, mis errores, mi familia y mis sueños, siempre moldeables a la luz de horizontes muchas veces inciertos.

Que una persona mala con mayúsculas se entrometa a hurtadillas en tu vida no es más que una pesadilla a olvidar; lo malo es la sensación de suciedad que deja su rastro.

martes, julio 28, 2015

¡Ea!

Contaban mis hermanas que mi padre, cuando se cansa de comer, ver la tele o de una charla, suelta un ¡ea! de cierre y se escapa.

Es hermoso el aprendizaje natural que recibimos desde pequeños, cómo nos mimetizamos con nuestros progenitores y vamos adquiriendo tics de ellos que conservamos de por vida, por muy diferentes que sean nuestros caracteres y distintas sean las visiones de las cosas que tengamos.

Recuerdo el día en que visitábamos las Grutas de las Maravillas en Aracena, mis hermanas, Iván y yo. El guía nos iba explicando cada espacio, remodelado para celebrar el centenario de su apertura al público, prestando mucha atención a recordarnos las medidas de seguridad para evitar resbalones y golpes en la cabeza. Delante de nosotros iba un padre joven con su hija pequeña, de tres o cuatro años. Cuando el monitor indicó que tuviéramos atención a un pasillo con el techo bajo, el hombre agachó la cabeza para atravesarlo y su hija, que no levantaba medio metro del suelo, también.

Yo oigo a mi padre decir su ¡ea! y me veo a mí. No dentro de cuarenta años, sino ahora, en mi vida actual, con mis amigos y en mi trabajo. Cuando algo me aburre o me cansa salta el Navarro impaciente que tengo dentro con su ¡ea! incontenible.

jueves, julio 23, 2015

Quererse


Hace unos días pasé un nuevo maravilloso fin de semana en Barcelona.
Un día antes de irme, una persona cercana me hizo el comentario tajante de que él no quiere oír hablar de catalanes.
-¿Estás de acuerdo con que se independicen? –le pregunté a continuación.
-Por supuesto que no –me respondió.
Traté de reconducir la conversación antes de interrogarle acerca de las razones por las que se opone a la independencia de un pueblo al que desprecia. Compartí con él mi teoría de que yo hago mucho más por la reconciliación mostrándome como soy, un andaluz dialogante, de mente abierta y afable con ganas de tomarle el pulso cada cierto tiempo a esa tierra, que no gente que presume de un patriotismo rancio que recuerda a los maridos que quieren tener a la mujer en casa y controlada, aunque sea atada a la pata de la cama.
No reconocer que hay un conflicto es de miopes, tanto como asumir que los problemas desaparecen por sí solos resulta una ingenuidad imperdonable en nuestros gobernantes.
No todo es la ley y la Constitución, por muy convencidos que estemos de que el respeto a nuestro sistema es la mejor forma de convivir. También está el afecto, los afectos. Decir un te quiero a tiempo siempre es buena medicina.
Estamos en una espiral peligrosa que hay que desactivar, y no vale siempre decir que el malo es el otro. Tenemos que ser consecuentes con nuestros deseos. A los indepentistas y los independizadores será difícil hacerles cambiar de opinión, pero al resto, que somos muchos, nos vendría muy bien dar el primer paso de humildad, olvidar los despropósitos de quienes se recrean en los agravios y reconocer que si queremos una España amable e integradora tenemos que querernos, y decirlo alto y fuerte:
Catalunya, t’estimo!

lunes, julio 13, 2015

Perdón

Hay placeres en la vida más allá de la comida, el sexo o viajar, menos evidentes, más complejos, que producen una felicidad invisible aunque tal vez más auténtica, menos pasajera, que te llevan por caminos íntimos de plenitud no necesariamente compartidos ni explicables.

Hay uno con dos vertientes, activa y pasiva, que es especialmente enriquecedor: el perdón.

Tanto el darlo como el recibirlo, el acto de constricción en sí, fuera de axiomas judeocristianos, es realmente placentero, produce un cosquilleo cerebral físico de satisfacción personal porque implica una conexión brutal con la persona con la que te excusas o de quien recibes una disculpa.

Son demasiadas las veces en las que nos arrepentimos de haber agrandado la distancia con los demás a costa de no reconocer nuestros errores, de empecinarnos en justificar sin objetividad y dejarnos llevar por el orgullo, cuando lo cierto es que bajar la cabeza y reconocer errores nos convierte en personas especiales, sanas, admirables.

No hace mucho un compañero de trabajo me jugó una trastada de escasa importancia. Me soliviantó de tal modo que estuve dándole vueltas toda la mañana a su insolencia. Horas después me pidió perdón con un whatsapp, y le acepté las disculpas. Un rato más tarde se acercó a invitarme a un café y volvió a excusarse. Yo fui claro con él:

'Con un perdón me basta'.

domingo, julio 05, 2015

Tánger

El hombre, cercano a los sesenta, almorzaba en medio del gigantesco comedor de la fábrica escondido en su plato.

Era ésta mi cuarta vez en Tánger, pero la primera en la que pasaba unos días en la ciudad por cuestiones laborales. También la primera en Ramadán.

Fuera del zoco, la medina, la alcazaba y su enorme playa de arena fina, es una ciudad desordenada y fea de la que, a pesar de todo, puedo entender sus leyendas bohemias de patria de artistas. Pasearla es enfrentarte a ojos que miran a los tuyos en cada esquina, coches que pitan y niños con camisetas del Barcelona, son cafés llenos de todo lo que no sea una mujer, olores a canela y peluquerías de caballeros.

En Ramadán, además, son bares cerrados de día y multitudes que se echan a la calle minutos después de caer la noche, cuando ya han saciado el hambre mala de un día de sol machacón sin nada que llevarse a la boca.

Un compañero argentino que lleva tiempo viviendo tiempo allí me explicaba que todos respetan, occidentalizados en la indumentaria o no, las leyes del islam.

Nos llevaron a los occidentales al gran restaurante vacío de la fábrica para ofrecernos de comer al mediodía siguiente. Fui de los primeros en entrar y crucé la mirada con ese hombre mayor con uniforme de trabajo, agazapado comiendo, rompiendo valiente con lo correcto, protegido por una empresa europea que vela por su derecho a no ser como se debe ser, y mi corazón estuvo con él.

jueves, junio 25, 2015

Golondrinas

El lunes, cuando salía el sol al amanecer, tomé un filete empanado frío de la nevera y un zumo de manzana del Mercadona y me planté frente a la ventana abierta de mi salón. Aún sin vestir, con el aire fresco mañanero, me asomé al cielo sorprendido por el enorme trinar de golondrinas volando desordenadas en la estampa azulada de tejas y espadañas que se abría ante mis ojos. Minutos pausados observando sin mirar la maravilla de un amanecer para mí solo, con la ciudad dormida.

Tengo la suerte de ver un patio con limoneros desde mi ventana, y espadañas desconchadas de azulejos añiles, y golondrinas revolotear en los amaneceres veraniegos atemporales que me brindan el regalo de saber que conozco la Sevilla de Bécquer, la de Cernuda, la de Machado, la de Aleixandre, la que bucea en su belleza y se regodea en sus particularidades sin ofender al mundo, la Sevilla de mi infancia, dulce y luminosa, la de las noches de cervezas junto al río, la universitaria, la tertuliana, la de cines de verano y azoteas, la que vive la calle como los pasillos de la casa, la de discusiones largas en cafetería, la española y andaluza, culta y alegre, soberbia y femenina, la que lee, la que ríe, la que sueña.

Mi Sevilla es la que yo quiero escoger, no la zafia de chiste fácil ni gomina en las patillas. A ésa no la veo, no la entiendo, la esquivo como las golondrinas se escaquean con maestría de los cordeles de los tendederos de esta ciudad que amo.

lunes, junio 22, 2015

Prismáticos

Me lo habían comentado entre bromas alguna que otra vez, pero el otro día tuve una prueba gráfica definitiva: ¡me habían fotografiado! Estaba durmiendo mirando por unos prismáticos; imaginarios, sí, pero totalmente concentrado en mitad del sueño con los brazos levantados, las manos giradas hacia mi cara y los dedos índice y pulgar haciendo un círculo sobre mis ojos cerrados, que cualquiera sabe qué miraban a través de ellos.

Traté de recordar qué soñé esa noche, pero ya era tarde para conectar con esa otra vida intensa del otro lado de la almohada.

Me da por pensar en grabarme un vídeo cada noche hasta que mi yo subconsciente vuelva a levantar los brazos y alzar los prismáticos para observar el mundo de afuera, aquél desde el que escribo y que quizás sea más extraño aún que ése en el que se me aparece mi joven madre paseando por la playa llevándome de la mano, aquel en el que viajo por las ruinas de un Nueva York deshabitado, un mundo luminoso en el que nunca termino de acabar los estudios, ése en que me ahogo riendo a carcajadas en las arenas de La Antilla, allí donde los aviones aterrizan dando piruetas por el cielo.

sábado, junio 13, 2015

Carcajadas

Son mucho más numerosos los días en que no ocurren cosas transcendentales en nuestras vidas que aquéllos que nos quedan para siempre en el recuerdo; aun así es necesario que nos llegue algún notición de aúpa para apreciar sin remilgos nuestra cotidianidad como un bálsamo de bienestar que no queremos perder.

Yo soy de buscar los momentos de emoción. Mi amigo Guillaume, en nuestras citas habituales en París, suele decirme que arrastro siempre muchas noticias que contar. Mi querida Mariángeles onubense no deja de sorprenderse con la cantidad de gente que tengo capacidad de ir integrando en mi vida. Fran me dice que estoy constantemente con la caña de pescar preparada. Esa sensación del 'mundo se me va' que tantas alegrías me da a pesar de la adicción que provoca esperar siempre más de la vida, de los otros, del futuro es un modo de vida al que no quiero renunciar. 

Esta semana he recibido un mensaje demoledor de una persona a la que quiero con toda mi alma. La enfermedad se ceba sobre ella para poner en peligro sus carcajadas y ha tenido que contarle a su niña que en veinte días se quedará calva… 

Aprecio entonces con más fuerza aún la grandeza de la vida, saber que he tenido la suerte de cruzarme con ella y haber andado mucho camino juntos, para así tomar el impulso necesario para aportarle todo mi amor y decirle 'no estás sola, aun nos queda mucho por construir, volverán los maravillosos días en los que no pasa nada'.

sábado, junio 06, 2015

Percepción

Los que tenemos grabado genéticamente el espíritu competitivo no podemos jugar ni a las palas en la playa sin contabilizar la puntuación, aunque sea con mi sobrino Iván y luego me deje ganar. Es jodido para nosotros, a pesar de que nos haga muy valiosos para llevar a cabo proyectos o seamos carne de empresa al ser medio infantiles a la hora de ser incentivados con objetivos.

Así que no sé ni siquiera correr por el parque sin mi ‘app’ para llevar el conteo de los kilómetros recorridos y el ritmo de cada uno de ellos. Tan es así que si olvido el móvil o se me cierra la aplicación a mitad de recorrido deja de tener sentido tanto esfuerzo.

Qué triste.

Cuando corro por Sevilla siempre comienzo en el mismo punto, justo en la zona del paseo Juan Carlos I frente a mi casa, entre la pasarela de la Cartuja y el puente de la Barqueta. El primer kilómetro, a una velocidad de ritmo creciente, se pasa rápido. Es el segundo el que se hace eterno; en este tramo cambia el tipo de suelo a mitad de camino, hay gran cantidad de gente, una pequeña rampa matadora, el recorrido hace una curva bajo el puente del Alamillo, donde suele aparecer una corriente fuerte de aire, y el final, una vez que te aproximas, no queda señalizado por ningún elemento el lugar que te haga saber cuándo la maquinita te va a dar por culminado ese segundo kilómetro.

En cambio el tercero se abre a lo grande, sin dificultad alguna. No hay obstáculos en el camino, puentes que atravesar ni rampas, el viento no te hace malas jugadas, hay mucha menos gente corriendo y la meta queda claramente marcada, desde el inicio, por la pasarela de San Jerónimo que se vislumbra desde el inicio en el horizonte.

Tardo el mismo tiempo en recorrer los dos.

martes, mayo 26, 2015

Grifo

Los tiempos pasan tan entretejidos de eventos en esta época que vivo que no hay día en que no me proponga, aunque sea un pequeño instante, parar a observar la vida pasar. Mis sueños de felicidad siempre tienen ritmo pausado y lugares para leer. Detener el tiempo.

No es cuestión de no ser feliz con la vida que uno se ha construido, sino de también serlo pensando en la que podría tener si no estuviera uno tan ávido de crear, conocer y compartir experiencias con el mundo exterior. Dos felicidades distintas e incompatibles en el tiempo. No puedo querer tener todo, aunque sí trocearlo en rodajas que me permitan bajar del tren de los imprescindibles, con asiduidad, para encontrarme en el mundo de lo mío y mis soledades elegidas.

Hay momentos mágicos en que suena un clic y estos dos mundos se reencuentran, tanto que incluso da susto.

A mí me ocurre todas las semanas, el día en que viene nuestra querida María a limpiar. Ella tiene el hábito de conectar la manguera de la ducha para limpiar el baño. Yo, despistado, con mi cabeza en Bosnia-Herzegovina, atravieso la casa ya vacía al volver de la calle, enciendo ordenador, reorganizo libros, pongo la música, me quito la ropa y me meto en la ducha. Es entonces cuando, al abrir el grifo, pego el respingo semanal al sentir el agua atacarme desde la manguera. Ese chorro de dirección inesperada, de golpe, me saca de mis elucubraciones, baja mis pulsaciones y me dice: 'Bore, ha pasado una semana más'.

martes, mayo 19, 2015

Nombre

No todo el mundo lo practica, pero es uno de los más hermosos juegos de seducción existentes al dialogar, aunque no pretendas otra cosa que hacer a tu interlocutor sentirse cómodo y que la comunicación fluya, una astucia que no entiende de sexos ni de edades: algo tan fácil como intercalar el nombre de la persona con la que hablas cuando mantienes una conversación con ella.

Hay quien tiene una facultad innata para conquistar la atención de quien lo escucha, y no es fácil encontrar los huecos precisos donde desprenderse del contenido de lo hablado para lanzar un guiño directo y colocar en el centro a la persona que te presta sus oídos.

Son los pequeños detalles los que hacen el mundo más fácil, y yo disfruto cuando por unos segundos percibo una pausa en quien me habla y oigo mi nombre.

A mí me sale difícil, porque soy sieso, pero me esfuerzo por buscar esos instantes en que poner en el centro de todo a la persona que me escucha y pronunciar su nombre; como agradecimiento sincero por tenerla a mi lado.

lunes, mayo 11, 2015

Maitrise

Acabábamos de poner en marcha la fabricación del nuevo producto estrella de nuestra fábrica y nos sometíamos por vez primera al escrutinio de los grandes jefes venidos de París. Había que presentar resultados y sabíamos que no habría medias tintas. A mí me tocaba hablar de la calidad de las cajas de cambio tras pocos meses de su salida al mercado. El foro me provocaba respeto a pesar de saber que el trabajo realizado había sido exitoso y no se podía poner en duda nuestro saber hacer como fábrica.

A pocos minutos de intervenir, el entonces director de la factoría me llevó a un lado y me aconsejó empezar por una frase categórica:

'On maitrise la qualité' (Tenemos bajo control la calidad - La dominamos)

Simplemente me recomendaba comenzar así. Nada más.

Yo me enfrenté a una sala de señores encorbatados de los que apenas conocía sus nombres y, con tono fuerte, sentencié 'On maitrise la qualité'.

Luego vinieron datos que corroboraban aquello que quedaba sintetizado en la entradilla, sin titubeos ni resquicios que hicieran dudarlo.

De eso hace más de diez años, y son muchas las ocasiones en mi vida personal y profesional en que acudo a esa frase y a la actitud vital que conlleva; del mismo modo que sé reconocer a aquellas personas que, con otras formas, te hacen ver con su mirada, su energía o su sonrisa que dominan lo que se traen entre manos. La seguridad implica confianza y la confianza combate al miedo de quien anda de puntillas por la vida.

lunes, mayo 04, 2015

Tono

Esperaba impaciente a mi amiga Bárbara en la Avenida de la Constitución, hace muchos años, no sé dónde íbamos ni por qué la prisa; el caso es que estaba cabreado. Le envié un mensaje al móvil para preguntarle por su tardanza y ella me respondió con una frase aséptica en que decía que estaba a dos minutos, llegando. Yo, conociéndola, me la imaginé haciendo gestos al aire criticando mi eterna obsesión por la puntualidad, machacando el móvil con palabras de enfado. Veía que la noche se estropeaba por mosqueos infantiles.

Dos minutos después Bárbara llegó con una sonrisa enorme y me contó una historia divertidísima que me hizo olvidar mis prisas y su supuesto cabreo.

Somos demasiado egocéntricos como para saber ponernos en la piel del otro, tendemos a interpretar las razones por las que los que nos rodean no cumplen nuestras expectativas. Vamos en línea recta hacia aquéllos argumentos que nos reconfortan para justificar nuestros errores y criticar los despistes en los demás.

El tiempo me ha enseñado a no dar nunca por supuestas las circunstancias en los demás.

Los otros me escriben mensajes, el tono de éstos debo admitir que lo pongo yo.