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miércoles, diciembre 06, 2017

Kang

De pocas cosas estoy más convencido que de mis sesiones mensuales de osteopatía con Juan, un profesional siempre innovador al que llegué hace muchísimo tiempo de la mano de mi amigo Isaac.

No es necesario llegar con ningún dolor ni molestia; ésa es la razón última de acudir a él. Evitar que el desgaste del estrés, las malas posturas o el paso del tiempo vayan anclando en mi cuerpo desajustes a los que tener que habituarme.

Siempre pregunta cómo van las cosas antes de comenzar cada sesión. No sólo la espalda o las articulaciones, cómo van mis días, qué cosas me preocupan. A cualquier comentario le saca punta antes de ponerse manos a la obra. Nunca aplica la misma metodología y yo me dejo llevar por él. Cierro los ojos, experimento con los movimientos de sus manos y escucho sus explicaciones.

Este lunes acudí con cierto peso en la espalda y un principio de resfriado.

-Muy bien, Salva. Hoy voy a aplicarte 'los doce puntos del doctor Kang'. Va a desaparecer tu resfriado y el cuerpo se pondrá en sintonía.

Mostré mi entusiasmo. No es para menos. ¡Los doce puntos del doctor Kang!

Consistía en doce agujas de acupuntura, tres en cada pierna, otras tres en cada brazo. Me las dejó puestas media hora y quedé a solas en el gabinete.

Lleno de agujas en puntos clave, no me atrevía a moverme, pero me estaba quedando congelado. Asomé la cabeza y vi que el calefactor marcaba 27ºC. Me tranquilicé. Pero el cuerpo tiritaba. Entró a hacerme una inspección, moviendo agujas. Le dije que tenía mucho frío -estaba en calzoncillos- y reconoció que el aparato no funcionaba bien. Me tapó con remiendos de sábanas, sorteando las agujas. Y volvió a irse.

Hoy ando empachado de couldina, rodeado de pañuelos, acordándome de los antepasados del doctor Kang.

jueves, noviembre 30, 2017

Atención

Una de mis principales dificultades como mando de mi empresa es conseguir que mi equipo o mis compañeros mantengan la concentración al tratar cualquier cuestión. Lo que parece una dificultad propia de niños se está convirtiendo en una epidemia de adultos sobre la que será preciso reflexionar, porque no prestar la atención precisa a los retos y dificultades diarias hace que estos se aborden con ligereza y sin el rigor precisos, construyéndonos un futuro que será cualquier cosa menos brillante.

El triunfo en estos tiempos creo que lo ganará el que sepa inventarse burbujas de desconexión hacia estímulos secundarios; gente que sepa filtrar lo importante en el día a día sin sucumbir al ruido que se cuela por cada rendija. El sabio, el creador, el innovador, el líder, todos ellos deben edificar su valía sobre la lectura, la experimentación y la observación, para lo que se requiere esa cualidad cada vez más escasa, que consiste en focalizar la atención en aquello que es importante.

miércoles, noviembre 29, 2017

Morfina

Imbuido por el lanzamiento de la novela, trabajaba en un Starbucks con el chaval que diseñaba mi nueva página web cuando sonó el teléfono. Siempre que lo hace desde un número anónimo sé que es Brigitte. No lo cogí. Cuando dejé en la moto a Carlos en su casa comprobé que tenía hasta cuatro llamadas perdidas. Con cierto desasosiego llegué a casa, apagué la moto y subí las escaleras esperando lo peor. No encendí luces, era ya noche cerrada, y la llamé.

Escuché del otro lado a una persona drogada.

-¿Qué te pasa, Brigitte?

-Te he llamado, Salva...

Le pedí que se sentara, que se acostara. No sabía qué le ocurría. Recordé su salud frágil, sus prótesis de rodilla y cadera, la muleta al andar, los dolores de espalda. Sus andares asimétricos entre la cocina de su piso de Suresnes y la mesa de la salita trayendo las ensaladas de endivias con nueces y las copas para preparar Kir Royal. Años ya lejanos en que me cuidaba como una madre francesa, en los ratos de almuerzo que compartíamos en su casa durante mis años vividos en París.

-No te asustes -me decía con voz de borracha-. Es la morfina, ¿sabes?

-Acuéstate, Brigitte. Prometo llamarte mañana. Descansa...

-Estaba pensando esta tarde que no sé si volverás a verme viva, Salva... Por eso te llamé.

El corazón se me estrujaba de dolor. Le dije que la vería muchas veces, con la angustia propia de quien siente que no se ha comportado como debiera con esa mujer ya anciana, de familia despegada y soledad forzada.

Secretaria en sus últimos años de mi jefe, éste le dijo al cambiar de puesto que cuidara de mí... Mañana vuelvo a París. La llamé para decírselo, para pedirle un nuevo almuerzo en su casa, como en aquellos tiempos en que hablábamos de la llegada del euro y ella bramaba furiosa contra Chirac; pero la cogí en el hospital.

-Deben operarme de nuevo, Salva.

He estado pendiente de ella estos días, hasta recibir esta mañana un mensaje de su parte. Ya está en casa.

-Tengo todo listo para tu ensalada de endivias con nueces y tu entrecotte...

sábado, noviembre 25, 2017

Gol

Aunque me gustaría afirmarlo y pienso que la vida no es otra cosa que un juego en el que nos han plantado sin permiso, no estoy de acuerdo en que no haya situaciones que tomarse en serio, que están en la cabeza de cualquiera que lea esto.

Es precisamente por ello que me llama la atención el semblante con el que muchos viven su día a día. Te cruzas con gente haciendo la compra en el supermercado con rictus tan concentrados que pareciese que su vida dependiese de la salsa de tomate que tienen que elegir; compañeros de trabajo que se toman tan a pecho decisiones intranscendentes que te planteas cómo harán para distinguir las pocas decisiones cruciales que la empresa nos requiere; padres que educan a sus hijos con tal espíritu asustado que no hacen sino inculcarle terror a chupar un lápiz.

Hay tres cosas, por no decir dos, que tratar con gravedad, en este terreno de juego azaroso por el que nos movemos sin tener claro dónde está la portería ni en qué consiste marcar un gol.

Relajando la escala de valoración de los retos diarios no hacemos la vida sólo más fácil a los demás, sino que evitamos sofocos innecesarios en nuestro ajetreado día a día.

Todo es más simple de lo que queremos forzarnos a ver.

lunes, noviembre 20, 2017

Inseguro

Yo fui tan tímido de joven que no me solidarizo con los que lo son.

No siempre, pero la timidez suele ir de la mano de la inseguridad, el no confiar en las propias capacidades, infravalorarse.

El paso del tiempo, sin embargo, suele ofrecerte las herramientas para ir descascarillando esa capa de cristal que falsamente nos protege, que nos obliga a caminar con miedo.

La inseguridad, a fin de cuentas, suele ser problema de gente egocéntrica. Lo digo porque lo fui. Esa supuesta debilidad viene dada por el hecho de creerse suficientemente importante como para pensar que el mundo está pendiente de ti.

El tímido, en el fondo, se ve empoderado de cierta relevancia personal. Pero el mundo no está pendiente de nosotros.

Recuerdo mi primer viaje a Manhattan, hace quince años. Mi amigo Kristian me pidió gritar a pleno pulmón en plena Quinta Avenida. Me reí. Insistió. Le dije que estaba loco. Se frenó y se cruzó de brazos.

-No me muevo hasta que grites.

Protesté como un niño chico, pero sabía que tenía razón.

Me tapé la cabeza, miré hacia todos lados de esa inmensa avenida. El gran Kristian me miraba desde su metro noventa, con los brazos cruzados.

Grité todo lo alto que supe.

¡¡¡Aaaaaaaahhhhhhh!!!

Apenas un hombre de rostro asiático se giró, del susto, por pura cercanía. El resto de la ciudad seguía rulando, con todos sus colores amarillos y sus trazos de cristal.

sábado, noviembre 04, 2017

Sugestión

Abandonábamos el mercado de Chelsea tras pasearnos el High Park Lane y enfilábamos las viejas calles de ladrillo visto que llevan a la Octava Avenida desde la Novena. Iván dijo que estaba cansado. Hacía días de nuestra llegada a Nueva York, habíamos pateado la ciudad de arriba abajo. Intenté explicarle quiénes habitaron en esas casas que íbamos a visitar. Pero él estaba cansado. 

Dicen que ante dos cuadros exactamente iguales en apariencia, uno obra maestra y el otro imitación, alguien con sensibilidad artística consigue emocionarse ante el que certifican como auténtico. Es sugestión, sí; la bendita capacidad para interpretar con el alma la grandeza de lo humano.

No es lo mismo tocar una piedra restaurada que una milenaria, aunque estén igual de frías.

Es necesario vivir mucho, leer mucho, viajar mucho para entender la emoción del lugar, y hay que tener el corazón abierto.

Mi sobrino Iván sólo veía una calle más y quería sentarse a jugar con su móvil. Yo me reconocía a miles de kilómetros de distancia, en uno de los epicentros del mundo más rompedor, consciente de que la admiración y el disfrute están en lo intangible, en eso que nuestra curiosidad trabaja dentro de nosotros mismos para colocarnos en alerta ante lugares, objetos o situaciones excepcionales.


Sé que Iván volverá a esas calles, será entonces cuando entienda aquello que un día su tío le quiso explicar.

domingo, octubre 22, 2017

Bienestar

El mejor francés lo aprendí en los atascos del Periférico de París escuchando France Info en mi Mégane. Recién llegado a mi nuevo destino, comprendí que rebelarme contra el tiempo encerrado en el coche era una batalla perdida, así que me hice a la situación y calibré la importancia de prestar atención a la palabra hablada para hacerme con un francés, hasta entonces aprendido con fascículos de Planeta Agostini, culto.

Echo en falta una cadena como France Info en España. Mezclan noticias cada diez minutos con entrevistas, reportajes o debates necesariamente cortos para dejar paso a esos puntos inaplazables de relatos de actualidad ordenados de mil maneras.

La semana pasada tenía muchas horas de coche entre París y la fábrica donde asistí a un seminario de trabajo. Oportunidades anheladas de vuelta a mi cortejo con la emisora de mis felices años parisinos. Aparecía Puigdemont como una gotera y un discurso de Macron sobre la recuperación de una policía de proximidad que Sarkozy eliminó con sus ínfulas napoleónicas.

Entonces vino una entrevista con un filósofo. Pierre-Henri Tavoillot. Hablaba del terror del bienestar. Una gran parte de la población necesita luchar contra o a favor de alguna causa fuerte para dar sentido a su existencia. El bienestar, en cambio, paraliza. Tal vez porque se da uno cuenta que su vida está vacía, que el final siempre es terrible, que no se entiende qué hacemos aquí.

Aparqué en Amiens camino del aeropuerto con dos objetivos, volver a pasearme su catedral y encontrar el último ensayo de Tavoillot.

Ya lo decía Solzhenitsyn, 'cuanto mayor es el bienestar, más grande es el desasosiego'.

Mi proyecto de vida es, entre otras cosas, desmentir esa cruda y bien argumentada aseveración.

miércoles, octubre 18, 2017

Champiñones

Hace una tarde primaveral en un Amiens otoñal. No me une a esta ciudad otra lazo que la magia de su belleza. Camino del aeropuerto, de vuelta a casa, desvío mi camino para volver a pasearme su catedral, de altura impensable siglos atrás.

Dejo atrás un seminario entre colegas venidos de los cuatro rincones del globo, con el regusto que deja trabajar, pasear o cenar con japoneses, rusos, iraníes, brasileños, turcos, alemanes y portugueses, negros y blancos, buceando en las restricciones de otros idiomas para comunicarnos. 

Me hablaban anoche de un gran jefe, una persona brillante, jubilada hace pocos meses. La invitaron a un encuentro entre antiguos ejecutivos de la empresa en una fábrica del norte de Francia.

-Sólo hablaba de champiñones, Salvador -me confesaba alguien que asistió a ese encuentro.

Sí, el gran y admirado gran jefe, sólo hablaba de champiñones. Los dibujaba, les explicaba dónde cogerlos, las mejores épocas...

-Ya sabes, pertenecía al grupo de los hiperventilados.

Sí, de esos que disfrutan tanto de su trabajo que no saben hablar de otra cosa, que plantean sus ilusiones paralelas a las de la empresa.

-A dos días de jubilarse, trataba de convencernos de cómo aplicar las nuevas políticas de mantenimiento preventivo.

Y los dos días pasaron. Ahora sólo habla de champiñones.

lunes, octubre 09, 2017

Muda

La encontró Guillaume a petición nuestra. Buscábamos una actriz hispanoparlante que viviese en París y apareció Belén, paraguaya de humor sarcástico, habladora, gamberra, piel blanca, largo pelo negrísimo y rasgos lejanamente raciales.

Nos embarcamos todo el equipo en un vuelo de Ryanair para grabar en un estudio alquilado por cuatro días el inicio de la película. Una escena lésbica oscura que marcaba, desde el inicio, el desenlace final de 'No te supe perder'.

-¿Te importaría desnudarte de cintura para arriba? -le pregunté, ajeno a las convenciones entre artistas.

Respondió, rotunda, que no había problemas.

Esa noche de rodaje había tensión en el ambiente. Acabamos de copas por los canales de Saint-Martin. El resto del fin de semana pasó entre escenas de metro y de calles atravesadas por los Grandes Bulevares.

Días después aterrizó en Sevilla, grabamos los primeros segundos de metraje y disfrutamos de su capacidad de reírse del mundo en un fin de semana maravilloso. Nos hablaba de Paraguay, de su hermana famosa de series de televisión, de su arisco amante francés y de su amor por el teatro.

La vi varias veces más, en París, de nuevo en Sevilla, el tiempo pasó. Tuvo un hijo hace poco, se fue a vivir a Brasil.

Seis años después la película se terminó, pero ella no aparecía en los títulos de crédito. Me escribió:

-Salva, ha debido ser un error pero...

Le expliqué que no. Se había decidido suprimir, por coherencia, las escenas iniciales. Tuve que asumir la decisión de otros y no buscar excusas.

-Lo siento en el alma, Belén.

Ella me mandó besos. Me dijo que ya había merecido la pena lo vivido tan sólo por conocernos a Fran y a mí. Que nos deseaba lo mejor.

Querida Belén, me diste una lección de humanidad.

lunes, octubre 02, 2017

Tristeza

No sabía que pudiera dolerme tanto mi país.

Hemos sido educados en una sociedad democrática joven y hemos crecido con ella. Una democracia que sufría, a cada paso, el zarpazo del terrorismo de ETA y que tenía que ponerse en pie una y otra vez.

En 40 años se ha ido construyendo, con el esfuerzo de todos, un país abierto, moderno y plural, ejemplo para muchos y orgullo para los que lo hemos visto crecer. Esa sensación de pertenecer a un país viejo al que hemos acompañado en su crecimiento como democracia joven ha marcado nuestras vidas.

Ayer, sin embargo, dimos atolondradamente y con estupor, muchísimos pasos atrás.

Por la ignominia de unos señores instalados en el más cerril nacionalismo talibán, aprobando leyes contra la ley que los sustenta, se preparó una encerrona mayúscula a nuestra democracia. Con todos los subterfugios de un pretendido buenismo malintencionado, azuzó a las masas a votar desoyendo a la justicia.

Y caímos en el fango. Nos pusimos de fango hasta arriba. Nuestra querida España se enredó en palizas a sus propios hijos rebeldes, torpe y ofuscada.

Nadie que sienta a España puede estar feliz con lo de ayer. Porque quererla es saber que este país se construye con el respeto a todos los que lo conforman, incluso hacia aquéllos que la quieren destruir.

Así no. El dolor es inmenso.

jueves, septiembre 28, 2017

Solo

Si echo la vista muy atrás, medicina sanísima para conocerse, encuentro en episodios de mi adolescencia más temprana las claves de la persona que soy hoy. Descubrir mi sexualidad, con espanto, supuso asumir ya muy joven que en la vida uno está fundamentalmente solo. No había cómplices en quien derrumbarme, o no supe encontrarlos, de ahí que entendí que las decisiones nadie las iba a tomar por mí. Todo se volvía clandestino a la vez que deslumbrante. La vida se me ofrecía en carne viva con guiños que sólo podía ver yo.

Esa comprensión amarga de la soledad del hombre, una visión diáfana de la encrucijada de estar vivo, supuso un combustible potente para investigar respuestas que no se buscan a esa edad; aquélla en la que uno vive ensimismado por el grupo y la familia, cuando es difícil adivinar todo el peso de la existencia.

Sudar esa soledad temprana implicó descubrir claves inocentes pero rotundas. Si uno es consciente de que la única persona con la que vas a compartir con seguridad todo tu futuro eres tú mismo, comienzas a comprender que no debes esperar que nadie salga al rescate. Desaparecen los lamentos hacia los demás, porque visualizas con claridad que el motor de todo está en ti.

Toda la vida está en uno.

Entiendes entonces que debes de cuidarte. Para ser grande. Porque si eres pequeñillo la vida se transforma en pequeñilla. Si no te cuidas la vida no te cuida. Si me encerraba en mi habitación, ella no vendría a sacarme de paseo. La vida era yo, por lo que cuanto más valor me diese mayor riqueza tendría mi vida.

Asumir ese axioma brutal fue un descubrimiento que me hizo valiente. Me gustaba el vértigo de decidir, de opinar, de posicionarme, de aprender a equivocarme, de embarcarme en proyectos de futuro. Porque, además, comprobaba que esa vida, que se iba haciendo grande en mí, me hacía más atractivo a los ojos de la gente, de esas otras islas que, asomadas a su balcón, se cruzaban en mi camino.

Comprendí que una persona fuerte es enormemente interesante. Aquélla que no espera nada de los demás y que vive sin miedos atávicos.

Fue entonces cuando alcancé a ver, con alegría, que no estaba tan solo.

sábado, septiembre 09, 2017

Ruido

Hoy apenas he dicho dos frases, en la primera pedía un par de croissants para desayunar.

-El de mantequilla es más delicado, el otro es más sabroso.

-Que sean sabrosos -respondí.

Me gustan estos fines de semana recluido junto al mar. Prefiero la compañía, sobre todo la que yo suelo tener. Sin embargo, no hago ascos a los días en soledad. No hablar, leer, no hablar, cocinar, no hablar, dormir.

Debería de ser obligatorio. ¡Estamos rodeados de tanto ruido!

Se habla mucho para no escucharse. Es desagradable presenciar escenas donde dos se interrumpen para contar cada cual lo suyo. Lo vivimos a diario. Nos atropellamos con las palabras para decirnos nada. Una de las claves de mi felicidad es que comparto mi vida con alguien que tiene la capacidad de asumir mis silencios; es muy placentero cenar de frente con quien sabes que las conversaciones van a ser escuchadas de pleno en los dos sentidos.

No sabemos lo que nos perdemos al no dar pie a aquéllos que apreciamos para que nos cuenten. No encuentro cita más agradable que aquélla dedicada a bucear en los mundos que el otro quiere compartir contigo. Con una atención real, sin buscar contraejemplos para hablar de ti. Sin comparaciones ni interrupciones prescindibles.

Yo conozco más o menos bien mi mundo interior, me resulta mucho más divertido callarme y que gente valiosa me cuente cómo aprendieron a ser felices.

Sin atosigar.

jueves, septiembre 07, 2017

Talibanes

Cuando uno ve noticias en el telediario de ultranacionalistas agitando banderas contra el diferente, nunca piensa que eso pueda a llegar a ocurrir tan cerca de casa. Si acaso en la América blanca atizada por Trump o en las calles de Teherán. Sin embargo, los tenemos aquí, en la querida Barcelona, ciudad soñada por medio mundo por su calidad de vida, el espíritu abierto y cosmopolita, la de los grandes paseos arbolados y playas de arena fina a pocos metros de su catedral, la vanguardista, la cuna de la novela española de posguerra, la de calles estrechas de piedra y de cafés donde sentarte a vislumbrar el mundo.

A uno se le pone la piel de gallina escuchando cada dos por tres discursos épicos contra un enemigo, del que al parecer formo parte, entonando himnos patrios de liberación. ¡De liberación! Quieren convencer esos talibanes al mundo de que son un pueblo oprimido. Desleales, mentirosos y agitadores nacionalistas.

Afortunadamente no soy de banderas, pero duele ver que la quitan con desprecio y se ríen de nosotros en ese medio parlament vacío de aquéllos que no son bien vistos por no odiar a España.

Apena, cansa y entristece todo lo que vemos. Mucho. Estos provincianos enloquecidos con su propia egolatría no saben el daño que están haciendo al país que tanto dicen amar. Jamás la imagen de nuestra querida Catalunya ha estado tan desprestigiada.

Todo mi amor hacia Barcelona, aquella ciudad que un día me conmovió al atravesarla una tarde de verano en coche yendo hacia Bañolas. Yo era apenas un adolescente y caí rendido a sus pies. Querría volverla a ver con los mismos ojos de admiración.

Querría volver a sentirme orgulloso de ella como entonces.

domingo, septiembre 03, 2017

Spørg

Tras alquilar cincuenta vasos de cristal, todos iguales, para mi fiesta de cumpleaños, a Fran se le ocurrió buscar algo que los distinguiera para no acabar mezclando con los efluvios del alcohol unos con otros y tirando, los más escrupulosos, los gintónics por el fregadero.

La tarde del jueves nos plantamos en una tienda danesa, abarrotada de clientela, especializada en vender chorradas de diseño. Te metes como borrego en un laberinto de estanterías que no tienes más remedio que recorrer hasta las cajas finales, obligado a pararte para no tropezarte con el de delante y así, acabar llevándote a casa servilletas, tarros o lámparas que acabarán arrumbados en cualquier rincón de casa.

Encontramos al fin los muñequitos de colores con forma de diablos o fantasmas que se pegaban como ventosas a los vasos para individualizarlos. Todo un éxito.

Las cajeras trabajaban a destajo. En nuestro turno le pregunté a la que nos atendió qué significaba la frase que aparecía en sus camisetas rojas.

-No lo sé -me dijo, extrañada por su pregunta.

'Dios mío', pensé. ¡Cómo alguien puede trabajar para una empresa, colocarse una camiseta corporativa con un par de palabras y no preguntar qué significan!

Vería mi cara y preguntó a su compañera de al lado.

-Niña, ¿qué significa lo de las camisetas?

La otra se encogió de hombros, seguramente pensando 'qué cliente más raro'.

Hice una foto a escondidas. Coloqué el traductor de danés ya en casa. 'Spørg mig'. No tardé ni diez segundos en descubrir que significaba 'Pregúntame'.

Eso es lo que hice, preguntarles. Pero quizás no sabían que trabajaban para una empresa danesa y lo de su camiseta les sonaba a chino.

miércoles, agosto 30, 2017

50

Acabo de terminar de ver, tras muchos meses, la serie Friends. Es duro verlos abrazados abandonando las escaleras del piso del cruce de las calles Grove y Bedford. Este verano estuve allí, quise visitar esa esquina; pasé con Raquel y Fran en taxi por allí una noche desafortunada, por la calle Grove, sin ser consciente. Sí, voy con retraso. Friends se emitió hace mil años.

Al apagar la tele he oído sonar el móvil. Me felicitaban por mi cincuenta cumpleaños. Joder.

Uno llega a fronteras que piensa que nunca atravesará. Cuando llega, observa a los que están allí, como un intruso, como si aquéllos que tienen cincuenta hubieran nacido así, con medio siglo a cuestas. Todos pensamos que nosotros no, que somos especiales. Mi madre murió con 49, se quedó a las puertas. No tengo derecho a protestar por haber llegado a ser mayor de lo que ella lo pudo ser jamás.

En un rato sonará el despertador y volveré al trabajo, ilusionado. Recibiré felicitaciones sentidas, porque sé que hay mucha gente que me quiere de corazón. Gente imprescindible para mí.

Nunca más se cumplen los años que se cumplen.

Hubo un tiempo en que me sentí protegido; tuve la suerte de nacer en una familia maravillosa. Mi padre nos dejó y duele horrores. Tengo, sin embargo, la suerte de sentirme amado. Y sé que mi vida siempre será una lucha alegre por no ser un hombre encorsetado por lo que la sociedad espera de mí. Quiero ser libre siempre, poner la creación como objetivo último, deshacerme de necesidades superfluas que no llevan a nada. Y proteger a los míos, quererlos, y tener el amor como bandera.

Ayuda mucho a entender lo hermoso de la existencia el haber quedado huérfano de madre siendo tan joven.

Son 50, pero sigo siendo el niño de entonces. No quiero perder ese halo de inocencia, porque soy terriblemente feliz.