martes, julio 25, 2017

Manhattan

Era un verano de hace catorce años, ya hacía dos que vivía en París. Andaba soltero por entonces y sin planes concretos de vacaciones. Mi amigo Kristian, tras comentarme que un profesor chileno que solía visitar cada invierno le prestaba su estudio de Harlem, me propuso acompañarle en su aventura neoyorquina ese mes de agosto. Le dije que sí.

Siempre me ha ido bien cuando he aceptado a la primera propuestas deslumbrantes.

Ese viaje supuso un revolcón emocional. Una ciudad entera me erotizaba sin ella saberlo, me zamarreaba con sus restaurantes africanos, los asientos de gallinero de sus musicales, los zumos de sandía en avenidas abiertas como pasillos entre monstruos; me descontrolaba en noches de jazz con menús baratos, desbaratando mis residuos de provincianismo en metros atiborrados de negros que se convertían en blancos al llegar a las calles con nombre; Manhattan me chuleaba riéndose de mis rigideces para confirmarme que la vida no era otra cosa que saborear el presente, mísero y fascinante a partes iguales, esplendoroso en toda su humanidad.

Volví a ella enamorado, siempre queriéndola compartir, como si fuese mía, como novio generoso, como amante disfrutón de orgías pactadas; volví con nieve, volví con amigos, volví con calores y recién casado, volví siempre abducido por el torbellino que todo lo rechupa, magnetizado por el imán de quienes estamos barnizados por una capa metálica de espíritu curioso.

¿Otra vez a Nueva York?, comentan los que me preguntan.

Sí. Otra vez. Mientras me lata el alma. Nervioso como el primer viaje. Nos acompañan Raquel y mi sobrino Iván, y no dejo de pensar en ese instante fugaz, que aún no ha ocurrido, de aquí a unas horas, cuando él vea, chiquitito, los grandes luminosos de Times Square, el hormigueo humano girando en redondo y comprenda, por un segundo, el amor de su tío por esa ciudad; el amor de su tío por estar vivo.

miércoles, julio 19, 2017

Azul

Estaba de Rodríguez la semana pasada. Con la nevera vacía, salí a pasear cuando el calor dio tregua, ya bien entrada la noche. El cuerpo me pedía algo frío y recordé un bar de la calle San Eloy donde tomar un plato de gambas y una cerveza, que me supieron deliciosas.

Tiré de vuelta por esa misma calle dirección a la Campana. A cien metros vi un grupo de mujeres con petos azules sacando material de una maleta. Me fui acercando y comprobé que eran tápers con comida. Las mujeres, por su vestimenta y el cardado del pelo, parecían de clase alta. Superaban los sesenta años.

Al avanzar, descubrí que bajo los soportales había un grupo de indigentes tendidos sobre mantas y plásticos. Ellas les repartían comida, ofrecían vasos de plástico con agua. Justo al pasar a su altura, uno de estos hombres, viejo, ajado, malhumorado, les tiró el táper, que estalló, contra los pies de las señoras.

Ellas se miraron sin rechistar y, glups, me miraron a mí.

Yo pasaba por ahí, como invitado de piedra, sin derecho a opinar, infiltrado, sintiéndome muy pequeñito al lado de esos inmensos petos azules.

domingo, julio 16, 2017

Café

Los estudios científicos demuestran, con buenos argumentos, una cosa y la contraria respecto a nuestros hábitos alimenticios. Hemos leído de las bondades de la cerveza, la leche o el pan tanto como de sus perjuicios. Hace unos días le tocó al café. Quien bebe 3 tazas al día vive un porcentaje significativamente mayor de vida que quien no lo hace. Eso sí, no hay que tomarlo muy caliente, porque no hace mucho otras investigaciones demostraban que esto causaba graves enfermedades.

Daban la noticia en el telediario y entrevistaban a una chica por la calle.

'Beber café me lleva a un sitio que me gusta', respondía.

Podía haber contestado no tomo café o sí lo hago, me gusta más o menos, me activa, me acelera, no me viene bien o lo disfruto con amigos... Pero dijo lo que dijo, y lo anoté.

Soy un convencido de que el uso creativo del lenguaje es una fuente de felicidad, al menos de mayor aprovechamiento de las experiencias humanas. Cuando alguien sabe convertir una sensación en una frase elaborada contribuye a hacer más rica esa percepción vivida. Una persona que mima el lenguaje, que lo exprime y saca de él toda su gama de colores está dando rienda suelta a emociones mucho más sutiles con las que disfrutar de las pequeñas cosas. No sólo eso, hace más feliz al que lo escucha y le enseña a pensar.

Beber café me lleva a un sitio que me gusta... ¡Bravo por ella!

martes, julio 11, 2017

Blanco

Hubo un día en que los españoles nos unimos por algo que no sucedía en un estadio de fútbol, en que la indignación recorrió nuestros espinazos, conectados como sólo uno; hubo un ataque a un hombre joven, venido de gente alienada y malvada, que supuso una agresión salvaje a todo un pueblo, harto de barrabasadas y chuleos, de tiros en la nuca y secuestros inmisericordes.

Poco importaba qué carnet tuviera.

Todos desfilamos con las manos en alto suplicando un acto de humanidad que no vino. A Miguel Ángel Blanco lo remataron con dos tiros en su cabeza, desde atrás y con las manos atadas con cables, tirándolo moribundo entre matorrales.

Hoy, veinte años después, hay quien se permite decir que no es conveniente escribir en una pancarta en la capital de España que nos acordamos de él, de su dolor, que es el de todos los que sufrieron la afrenta del terrorismo atroz de ETA. Que no conviene porque sería despreciar a los otros...

Apuntaremos que no podremos homenajear a García Lorca, porque seremos injustos con Miguel Hernández. Que no será posible conmemorar la masacre de Srebrenica, porque estaremos olvidando a los judíos gaseados en Auswitch.

Sé que nunca votaré al partido de Miguel Ángel Blanco, pero que no habrá ocasión en que suene su nombre y no se me conmueva todo por dentro al recordar la puerta a la esperanza que un día él nos abrió sin pretenderlo.

domingo, julio 02, 2017

Araceli

Esta noche me desperté sobresaltado. Soñaba que dormía, solo, en casa de mis padres. Me levanté a beber agua y oí un ruido de cerradura. Descalzo, en silencio, me acerqué a la entrada. La puerta se abrió y apareció Araceli. No olvido su mirada al ser descubierta por mí. Me desperté de un grito.

La habitación aún estaba a oscuras. Acelerado por la visión, traté de conciliar el sueño, con la imagen clavada de Araceli siendo descubierta al entrar de madrugada en una casa que pensaría vacía.

Buceé por los años de juventud y di con el intenso viaje que hicimos con mi Clío por toda Europa. Rafa, ella y yo. Cómo tuvimos que refugiarnos en el camping de La Molina el mismo día en que una avalancha causaba una catástrofe en el de Biescas; la discusión con un policía en las calles de París por un semáforo que yo no reconocía haberme saltado; los planos de viaje volando por los aires camino de Bruselas; su petición comedida de que no dejara el volante, 'me da miedo cómo conduce Rafa'; las tardes largas paseándonos los fríos parques de Copenhague; el sol fuerte por las calles de Berlín y los huevos fritos que nos preparaba una 'froilán' anciana en un bucólico camping a las afueras de Zurich.

Se me venía su risa contagiosa mientras trataba de volver a dormir en mi cama de Conil. Inseparable de mis hermanas, leal y tranquila. Dulce. Tal vez entraba en casa de mi padre a buscarlas y se dio de bruces conmigo.

No olvido la llamada de Raquel a mi despacho de París. 'A Araceli le han detectado un cáncer'. Desde 2000 kilómetros de distancia le envié un ramo de rosas. Las más rojas. No tardó en responderme.

Estaba guapa con su pañuelo en su cabeza, dando tumbos entre la esperanza y el horror. Al final no pudo. No sé hace cuántos años ya... Pero esta noche me la encontré. Sonó la cerradura y la descubrí. Maldigo haberme despertado, no haberle podido ofrecer un abrazo, aunque fuera sólo un abrazo de sueños inventados, aunque lo que me contase fuese lo que yo quisiera oír. Que todo iba bien. 

jueves, junio 29, 2017

Tablet

He sucumbido en mi lucha por que en determinadas reuniones de trabajo mis compañeros tengan apagado el ordenador. Tras tener convencido al personal de la importancia de proyectar toda la atención sobre aquél que tiene la palabra, comenzaron los primeros elementos subversivos a utilizar argumentos potentes.

-Salva, estoy anotando lo que se dice para archivarlo.

Poco importaba que yo supiera que, mientras alguien exponía un tema, el elemento subversivo usara su ordenador para chatear con otros colegas o responder emails que nada tenían que ver con nuestros encuentros de trabajo.

La subversión fue tomando forma.

-Desde mi tablet voy enviando consignas en directo a mis equipos, Salva.

Yo transigía sin convencimiento. Cada vez eran más los que se sentaban alrededor de la gran mesa con la mirada perdida en sus pantallas luminosas. Cada vez más solitario el ponente delante de grupos ajenos a sus explicaciones.

La subversión llegaba a lo bilateral. Ya mi jefe tomaba su tablet para anotar mis preocupaciones. Al principio me quejaba, pero luego asumí que las conversaciones se iban haciendo a distancia a pesar de estar a un metro.

Todo el mundo almacenaba peticiones y quejas en dinámico, tanto que llegabas a tu sitio y ya tenías el resumen de lo hablado al otro lado de la puerta.

Ahora soy yo quien recibo a los míos en mi despacho y dejo la libreta a un lado. Les miro a la cara, les sonrío y me disculpo:

-Aunque me veas tecleando en el ordenador, no hago sino resumir aquello que me estás diciendo.

Ellos me creen, pero las lucecillas del otro lado de la pantalla me dicen que les traiciono.

martes, junio 27, 2017

Estadio

Tomábamos una cerveza una tarde cercana de primavera, casi al anochecer, en las mesas altas de la acera del Eslava. Nos encanta el salmorejo de ese bar y el ambiente habitualmente optimista de su clientela. Lo da la simpatía del personal, la vista de la hermosa plaza de San Lorenzo, el disfrute de un local concebido para mucho más que alimentarse y beber.

Entonces apareció un conocido, de ésos con los que lo único que comparto es el interés mutuo en no vernos por la calle; nos saludamos todo lo hipócritamente que la educación impone y escuchamos su aseveración paleolítica:

-Otra vez colapsado por los turistas -se refería al Eslava-. Yo los metía a todos en un autobús y los encerraba en el estadio olímpico.

Yo lo encerraba a él. Primero, para evitar cruzármelo en el futuro; segundo, por mentecato.

Una ciudad como Sevilla, en la que un porcentaje enorme de la población vive de los servicios, especialmente bien tratados por unos turistas que llegan con ansias de disfrutar de la belleza y el saber vivir de esta urbe necesitada de riqueza para mantener el limitado bienestar económico del que disfrutamos, una ciudad como la nuestra debe batirse el cobre por mimar a aquéllos que tienen la gentileza de venir a vernos.

Al del estadio, que trabaja como funcionario nombrado a dedo, le regalaría una aplicación de móvil pensada especialmente para él, con botones que habiliten envíos rápidos de comida del Eslava a casa. No se le ocurra salir.

sábado, junio 24, 2017

Presente

Hay quien dice que no se puede vivir de los recuerdos, son muchos los que opinan que no hay vida estimulante sin proyectos. Pasado y futuro como condicionantes de nuestro presente. Los errores que cometimos para evitar aquéllos por cometer, las carcajadas de entonces para saber elegir con qué personas desearemos encontrar la risa.

Pero ocurre que todo es ficción, salvo el presente. Que nada de lo que existió o lo que existirá es real, salvo como puro artificio que nos libera pretendidamente de lo único cierto, el ahora de mí escribiendo en una mañana luminosa de sábado frente al Mediterráneo; el ahora tuyo leyendo estas ingenuas reflexiones acerca de lo que somos.

Las certidumbres del pasado frente a los dilemas del futuro se cruzan en un instante preciso en el que evaluamos nuestro presente, como elixires preciosos que nos permiten soñar con aquél que fuimos y sonreír con la persona que querremos ser.

La grandeza del ser humano es ésa, ser capaces de meterle a nuestra realidad unívoca, tan previsible a veces, la magia de la ficción de lo que no existe: aquello que fuimos y seremos.


Nadie nos puede quitar el disfrute de rebobinar los mejores recuerdos las veces que queramos, con los aderezos que los años o nuestros deseos vayan superponiendo, ni de construir, con la libertad que da el deseo, vidas futuras imposibles de edificar con los ladrillos del presente.

domingo, junio 18, 2017

Abadía

Volando de vuelta a casa tras unos maravillosos días en Londres, traigo un regalo especialmente valioso en la maleta, intangible como todo buen tesoro, y no es otro que las horas pasadas en la Abadía de Westminster.

Soy de los de regurgitar recuerdos en mis sueños para aderezarlos con especias de irrealidad que los aderecen hasta llevarlos a la combinación perfecta con la que disfrutar de ellos en el futuro.

Aún frescas, y vírgenes, mis imágenes de ese templo habitado por reyes muertos, inquilinos de tumbas de madera reblandecida, no son sino un fogonazo de la grandeza del pueblo británico por retener a sus héroes adormecidos en el susurro de la eternidad, con piedras que se acumulan con formas humanas retando a la certidumbre de la muerte.

Dickens, Haendel, Newton, Lord Byron... dormidos para la posteridad entre escudos de armas, codeándose con los que no tuvieron más mérito que nacer reyes, humanos con el poder de crear un recinto mágico de piedra y cristal en la que derretir su carne como la madera para que ciudadanos de un tiempo futuro pudiéramos incluir en nuestros sueños las batallas cruentas entre la fama del hombre audaz y el designio feroz de un porvenir maldito.

miércoles, junio 14, 2017

Riñones

Francófilo como soy, llegué muy tarde por vez primera a Londres. Tenía 30 años, vivía una relación sentimental desastrosa y acepté una invitación de mi prima Bele para pasar unos largos días allí. Todo Londres me gustó, lo viví con la ilusión de un adolescente y me integré sin las angustias del turista que quiere visitar cada rincón. Hay una escena recurrente en mi cabeza de esos días, subido al tejado de la casa de mi prima, al anochecer, con mucho alcohol, en el clásico suburbio británico donde vivían, observando a la gente pasar. Chispazos de felicidad.

He vuelto varias veces, siempre entregado. Tengo con la ciudad el romance propio de quien la ha conocido sin las tonterías propias de la seducción forzada por la ingenuidad. La paseo siempre sin rumbo, como se hace con las ciudades que sientes propias.

Ahora aterrizo aquí, en una ciudad convulsionada por el terror y expulsada a su pesar de Europa, con ganas de integrar de una vez el mapa visual de su estructura en mi cabeza. Hacerme con las distancias y los barrios como en mi amado París. Tengo tiempo y ninguna prisa.

En una de mis últimas visitas, deliciosa, con Mariángeles y mis hermanas, de pintas de cerveza y museos a toda prisa, hubo una noche en que, de vuelta al hotel, mi amiga se asustó al ver que nuestro taxi, de conductor paquistaní, cruzaba el Támesis. '¡Pero si Gloucester Road está al otro lado del río!'. Mis hermanas se morían de risa con sus gritos de mujer 'sabelotodo' y yo me planteaba que no conocía los parámetros de la ciudad. '¡Reíd, reíd!', nos decía, incluso al taxista del turbante, que también reía sin saber de qué, 'que este hombre nos está llevando a cualquier sitio para sacarnos los riñones'.

Ése podría ser mi máximo objetivo de estos días, un viaje romántico al Londres más cosmopolita para aprender a cuidar de mis riñones.

lunes, junio 12, 2017

Sol

En los duros días de invierno uno relaciona la felicidad con una jornada al sol, pero esas mañanas llegan y me percato de lo incómodo que me resulta tirarme sobre una toalla a dejar pasar las horas como una sardina.

Así estaba el sábado cuando decidí que, para no aguarle la fiesta a Fran, aprovecharía ese rato de exposición solar para hacer algo de deporte. No hay nada como la gimnasia pasiva. Así que me concentré en hacer estiramientos de lumbares de 30 segundos. Levantar lentamente la columna, desde el coxis hasta el cuello y permanecer con todo el cuerpo levantado, en forma de pirámide, para reforzar los lumbares. El silencio de esa zona de la playa acompañaba. Cada vez complicaba más el ejercicio, levantando una pierna, cruzándola, luego la otra...

Me giré boca abajo para continuar con los ejercicios. Decidí hacer una plancha. Colocar los codos sobre la toalla y subir todo el cuerpo manteniendo bien firme los abdominales. El sol pegaba de plano.

Entonces me acordé de que estaba a punto de terminar la deliciosa novela 'Un cuento dulce', premio Goncourt del 2016. La abrí por la hoja pellizcada por la que la dejé la noche anterior. Decidí que aguantaría en la posición de plancha el tiempo de leer las páginas pares. Las impares para descansar.

De pronto vi a Fran mirarme tomando el sol, haciendo abdominales, sumergido en una novela francesa.

domingo, mayo 28, 2017

Encierro

Firmaba la conformidad a la auditoría que AENOR había realizado a mi fábrica, con sobresaliente como siempre, cuando tenía que tirar en coche para casa, tomar acelerado un salmorejo e ir con la moto para Nervión. Era el encuentro definitivo con el director de la editorial. Me invitó a un café.

Despojado de todo lenguaje industrial, entramos de lleno en la novela. El enorme despacho luminoso atiborrado de libros me recibía con el manuscrito repleto de anotaciones en colores fluorescentes.

-¿Tú has conocido a mujeres que les hagan fotos a las VISAS de sus amantes?

Le aclaré que no. Me interrogó acerca de las prácticas sexuales de mis protagonistas, de las menciones a Saramago, de mi uso de la perífrasis, de la potencia de los diálogos.

Tomé nota de los consejos, aclaré sus dudas. Nos hemos dado unos días para el repaso final. Este miércoles entrego la versión definitiva. Sigo llorando en el capítulo 72 cuando me releo. Ando estos días encerrado como un ermitaño, en mi santuario de Marbella, dando forma a la versión definitiva de la novela.

-¿Qué te parece si consultamos por las redes sociales cuál de los dos títulos es más potente?

Al editor le pareció buena idea.

-¿Y hacer un concurso fotográfico para la portada?

'Genial'

Llevo el 47% de la novela revisada. Mis personajes se despiden de mí, mientras yo les pongo las últimas sonrisas.

Publicamos en otoño.

miércoles, mayo 17, 2017

Rubia

La imagen es potente. Él en un sillón, ella en la esquina izquierda del sofá, una lámpara de pie de barro y los dos cogidos de la mano. 'Rubia', le decía. Imagen tan lejana en el tiempo como reconfortante. Así transcurrieron años largos de infancia luminosa.

Una noche aciaga la infancia se rompió. Nos reunieron para comunicarnos que mamá estaba enferma. A ella, años después, le seguía llamando rubia, mi padre, en su lecho de muerte. Él le tenía cogida una mano, yo la otra. ¡Era tan pequeño!

La rubia nos dejó cartas a cada uno de sus hijos, escritas con la calma de quien ve un final inexorable, para decirnos que cuidáramos de él. Sé que ese sobre beige anda por algún cajón de entre mis cosas. De vez en cuando aparece, pero nunca me atrevo a leerlo. Han pasado treinta años, sigo sin tener las fuerzas para volver a leer lo que mi madre me decía a mí.

Hace justo un año mi padre se estaba yendo, también tuvo sus manos entre las nuestras. Murió en una atmósfera repleta de amor. En esos últimos días, en las últimas horas, con la cabeza ya perdida, llamaba a la rubia, y seguramente se abrazó a mi hermana Mónica creyendo que era ella, que venía a por él, a tomarle de nuevo la mano.

Preparé unas palabras para leer en su funeral lo bueno que había sido, para cantar mi orgullo de hijo en nombre de mis hermanos. Pero no supe. Me faltó el mismo valor que no encuentro para abrir el sobre beige de una madre que pedía que cuidásemos de él como merecía una persona a la que, hoy como siempre, no podemos querer más.

miércoles, mayo 10, 2017

Dinero

Al poco tiempo de comenzar a trabajar en Renault, con veintitantos, me vi salpicado de un puntual problema económico, ajeno a mí y que no viene a cuento detallar, en que de golpe me encontré totalmente arruinado en el corto plazo. Todo mi capital era una nómina interesante, un contrato fijo y ganas de comerme el mundo.

Al tener la suerte de contar, desde que tengo uso de razón, de tanta gente que me quiere, decidí explicar el detalle de mi situación a aquéllos de entre mis amigos que podían ayudarme. Así lo hice, a corazón abierto.

Bárbara, con la que hoy he pasado una tarde deliciosa, me dijo que me veía al día siguiente en la calle Virgen de Luján. 'Allí tengo las dos sucursales de mis dos cuentas. Sacamos tanto dinero como sea posible'. Mi querida Montse no tardó en firmarme un cheque. Jose Ignacio me prestó un millón de las antiguas pesetas. Incluso Paco, mi jefe, se involucró con quinientas mil pesetas. ¡Confiaban a ciegas en mí!

No tardé en recuperarme, en menos de un año ya les había invitado a cada uno de ellos a una cena, en la que les entregaba el dinero prestado con la mayor de las emociones.

Hubo alguien, sin embargo, que me dijo no.

Durante los años siguientes, en las numerosas veces en que nos veíamos los fines de semana para salir de copas, siempre que bebía más alcohol de la cuenta me decía: 'Salva, lo que daría por volver a esa tarde y poder decirte que sí, que tenías mi dinero a tu disposición'. 

viernes, mayo 05, 2017

Ostia

Qué ostia me he dado en la Plaza de Cuba. He caído redondo. Tengo las rodillas como los niños chicos, con moratones. Como ese niño chico gamberro que nunca fui.

Iba en zig-zag.

Borracho. Tela. Y feliz.

Nunca supe si se dice ostia u hostia. La u en medio es seguro. Porque detrás suena ´o´.

Me gusta la feria de Sevilla. Es un canto a la vida. Sin excusas religiosas ni mundanas. Beber y bailar. Porque sí.

Iba en zig-zag.

Mi sobrino Iván (daría la vida por él) me dijo a media tarde que se iba a la calle del Infierno. Yo le di dos besos y me sentí mi padre sacando la cartera para darle dinero.

-Ya tengo 30 euros -me dijo- Yo le di 20, por no darle la cartera.

Me he caído redondo en la Plaza de Cuba. Mis rodillas contra el asfalto. Duele. Nadie se ha dado cuenta. Me he levantado como un resorte. ¡Qué ostia!

Buscaba un taxi. Qué gustazo perder la cabeza.

Quería escribir esto, en zig-zag. Antes de acostarme.

Soy pueril y plano. Me gusta mi Sevilla. Vivir. No hay otra cosa. Vivir.

Mañana me arrepentiré. Una mancha en mi blog de 10 años.

Caminaba en zig-zag, pensaba en cuánto quiero a tanta gente.

Y me caí.

De bruces.

Tengo sangre en las rodillas.